PECADO ORIGINAL
La doctrina del ``pecado original'' tiene una importancia teológica fundamental,
pues en definitiva ella trata de decirnos respecto a qué tiene lugar
la salvación cristiana. ¿Es la salvación cristiana una liberación respecto a
nuestros defectos morales, una redención de las ataduras de la materia, o una
liberación de las injusticias estructurales que sufre nuestro mundo? ¿Qué sentido
tiene afirmar que Cristo nos salva de la culpa de Adán? ¿En qué sentido la contraposición
entre Adán y Cristo, tal como aparece en la Escritura (Ro 5,12-19; 1 Co 15,22.45),
puede tener significado actual?
1 El pecado fundamental
Sería un perfecto anacronismo pretender encontrar en los textos usualmente aducidos
(Gn 3, Sal 51,7) una doctrina del pecado original tal como fue desarrollada
en la teología occidental, tanto católica como protestante, a partir de Agustín
de Hipona. Sin embargo, esto no significa que en la Escritura no se pueda encontrar
ningún tipo de ``diagnóstico'' sobre la situación de pecado que sufre
la humanidad. En lugar de prescindir totalmente de la doctrina del pecado original
(Haag, 1966), la teología debe tratar de traducir los relatos bíblicos a un
lenguaje actual. En el relato del Génesis encontramos un modo de pensar, propio
de las sociedades tradicionales, en las que las historias que se relatan sobre
el fundador del clan pretenden de algún modo describir las características y
los problemas posteriores de todos miembros de ese clan (Lohfink, 1989, 167-199).
Es lo que sucede, por ejemplo, en los relatos del Génesis sobre Ismael o sobre
Esaú. Pues bien, ``Adán'', cuyo nombre hebreo significa ``ser humano'',
es el patriarca del clan humano, de modo que los relatos sobre su desobediencia
pretenden decir algo sobre la humanidad de todos los tiempos. Sobre nosotros.
Una traducción actual del mensaje bíblico difícilmente puede convertir el relato
bíblico en una información histórica sobre el primer homo sapiens o sobre
el primer australopiteco. Más bien tiene que tratar de decirnos en qué consiste,
desde el punto de vista de la revelación bíblica, esa condición de pecado de
la que Cristo nos libera.
Desde este punto de vista, más que hablar de un pecado ``original'', en
el sentido de un hecho histórico puntual, cuyas consecuencias se habrían transmitido
de alguna manera a las generaciones posteriores, parece más apropiado entender
el ``pecado original'' como un ``pecado fundamental de la humanidad''.
El pecado de ``Adán'' es el pecado de todos nosotros. Pero, ¿en qué consiste
este pecado? No parece que el problema consista en la unión sexual, o en el
placer que puede producir la comida de los frutos, como en ocasiones se ha interpretado
el texto bíblico. Tanto la sexualidad como el disfrute de los árboles del Edén
aparecen en los relatos bíblicos como algo explícitamente querido por Dios.
El problema tampoco está en que los seres humanos quieran conocer a Dios con
independencia de su revelación, como a veces se ha insinuado. El relato presupone
que es Dios quien se da a conocer, y no entra en más complicaciones relativas
a la ``teología natural''. Más adecuadas parecen aquellas interpretaciones
que apuntan a las dimensiones morales del problema, pues en definitiva lo que
está en juego no son unos frutos cualesquiera, sino los frutos del árbol del
bien y del mal. Sin embargo, este árbol no ha sido ocultado por los dioses
para que los humanos no lo puedan conocer, tal como sucede por ejemplo en la
epopeya babilónica del Gilgamesh. El problema no es ver los frutos, sino
comer de ellos. Dicho en otros términos: lo que se cuestiona no es la
autonomía moral del ser humano, su capacidad para discernir (``ver'')
el bien y el mal, sino algo más radical.
2 La autojustificación
¿Dónde está entonces el problema? En el lenguaje bíblico, la imagen de ``comer
los frutos'' designa el hecho de cargar con las consecuencias de las propias
acciones, buenas o malas (Pr 11,30; 12,14; Is 3,10, etc.). Adán no ha creído
a Dios; ha creído a la serpiente. Por eso ha comido de los frutos del árbol
del bien y del mal. Tratemos de interpretar sistemáticamente este dato bíblico.
¿Qué se nos dice aquí sobre el ser humano de todos los tiempos? La biografía
humana se estructura necesariamente respecto a ciertas esperanzas. El ser humano
se hace una idea de lo que puede esperar en su vida, en función de lo que otras
vidas humanas le testimonian explícita o implícitamente. Nadie puede por sí
mismo vivir todas las vidas posibles, y después elegir la más conveniente. Tiene
que fiarse de lo que otros antes que él han experimentado, y elegir su propio
rumbo sin poder probarlo por adelantado (Segundo, 1982, I, 13-26). Ahora bien,
cabe hacer ciertos cálculos sobre el porvenir. En el mundo se pueden constatar
ciertas regularidades que me permiten prever los resultados de las propias acciones.
Si conozco estas regularidades, puedo establecer ciertas reglas o leyes: si
actúo correctamente, obtendré los resultados esperados. Puede tratarse de leyes
``técnicas'' o de leyes ``morales''. Tanto unas como otras tratan
de lo que es actuar ``bien'' y actuar ``mal''. Y tanto unas como
otras nos dicen en qué consisten los frutos del bien y del mal.
Desde esta perspectiva, la ``justicia'' no consiste simplemente en cumplir
unas normas morales. La justicia consiste en ``ajustarse'' a las regularidades
de este mundo, obteniendo los resultados de las propias acciones, buenas o malas.
La serpiente, símbolo de la astucia y de los poderes mágicos en el Oriente antiguo,
representa bien esta sabiduría. Al justo le irá bien. Al injusto le irá mal.
Al que conozca las leyes de este mundo, y actúe conforme a ellas, le irá bien.
Al que las desconozca, le irá mal. Es posible entonces lograr un ajustamiento
a este mundo como resultado de las propias acciones. El futuro deja de ser una
incógnita. Ciertamente, la idea monoteísta de una creación puede reforzar enormemente
este punto de vista. El mundo está bien hecho, y sus regularidades han sido
queridas por Dios. Por eso, se puede pensar que el Creador ha de ser en último
término el garante de este modo de justificación. Sin embargo, el Dios bíblico
ha prohibido a Adán comer de los frutos del bien y del mal. También en la religión
de la India, Krishna le dice a Arjuna que no quiera comer de los frutos de las
propias acciones (Bhagavad-Gita, III, 19). Pero en el monoteísmo, esto
resulta extrañamente paradójico, pues el mismo Dios creador de las regularidades
de la naturaleza nos prohibe utilizar estos ``elementos del mundo'' para
justificarnos. En lugar de fiarse de Dios, cabe pensar que Dios nos está ocultando
algo. Uno puede fundar sus esperanzas en la creación misma, en alguna criatura
como la serpiente. O, lo que es lo mismo, el ser humano puede fundar sus esperanzas
en la propia justicia: actuando correctamente, de acuerdo a las leyes de este
mundo, me irá bien. El futuro estará asegurado.
Este modo de estructurar la propia praxis es lo que en otro lugar hemos llamado
``esquema de la ley'' (González, 1999). Conviene observar, de entrada,
que esta estructura conlleva una lectura de la historia. Si al que es bueno
le va bien cabe pensar recíprocamente que al que le va bien, es porque es bueno.
Del mismo modo, al que le va mal, es porque es malo. El bien y el mal, tal como
son experimentados en la historia, aparecen como una consecuencia de nuestras
acciones, correctas o incorrectas. La enfermedad, el dolor, la pobreza, serían
los resultados merecidos de nuestras acciones. La prosperidad, la salud, la
riqueza, serían también las consecuencias que nos hemos merecido por nuestros
actos. No es una perspectiva exclusiva de las sociedades tradicionales. También
las sociedades modernas tienden a presentar a las víctimas como autoculpables:
el enfermo no ha llevado un ritmo de vida saludable, y los pobres no han seguido
las estrategias económicas correctas. Por eso tantos relatos modernos nos aseguran
que ``los buenos'', tras mil peripecias, siempre terminan triunfando.
No estamos por tanto ante una simple sutileza teológica. Algún economista, con
independencia de toda teología, ha señalado que esta ``fuerte tendencia de
la naturaleza humana'' es una de las principales razones de la pervivencia
de la pobreza y las diferencias sociales en nuestro mundo (Costas, 1999).
3 La raíz del pecado
El propio relato bíblico ha reflexionado sobre las implicaciones del ``pecado
de Adán''. De hecho, el relato de Génesis forma parte de una sección que
se extiende hasta capítulo 11. De algún modo se nos indica que la estructura
básica del pecado adámico (o ``pecado fundamental de la humanidad'') está
en la raíz última de los problemas que afligen a la humanidad, tanto en sus
relaciones con Dios, como en sus relaciones con los demás, con la naturaleza,
o consigo misma. Veámoslo brevemente.
Creer a la serpiente en lugar de creer a Dios implica, de entrada, la idolatría
que pone a la criatura en lugar del Creador. Pero no sólo eso. Quien pretende
justificarse por los resultados de las propias acciones percibe a Dios como
un juez que sopesa tales resultados. De ahí el miedo (Gn 3,8) ante Dios.
Y este miedo implica la necesidad de sacrificios. Curiosamente, el relato
bíblico presenta a Caín y Abel ofreciendo unos sacrificios que Dios no ha pedido
(Gn 4,1-16). Sacrificios que pueden ser oblaciones, donde se espera la benevolencia
de Dios como resultado de la acción sacrificial. O sacrificios que pueden ser
expiaciones. En la expiación, quien obra mal se siente, de acuerdo con la lógica
adámica, como merecedor de un castigo. Ahora bien, si uno mismo se infringe
a sí mismo el castigo, destruyendo algún bien precioso que de algún modo nos
representa, la situación anterior a la falta quedará restablecida. La expiación
sangrienta de Abel es, en esta perspectiva, más eficaz que la simple oblación
de Caín. El sacrificio fácilmente se convierte en una manipulación religiosa.
La necesidad de producir resultados puede conducir a pensar en la posibilidad
de utilizar a la divinidad para producir los resultados deseados. En el relato
bíblico, las hijas de los hombres se unen con seres divinos para engendrar a
los héroes de la antigüedad (Gn 6,1-5). Finalmente, la voluntad de autojustificación,
cuando está provista del poder técnico, económico y político necesario, puede
convertirse en una abierta competencia con la divinidad, en la que los
imperios tratan de ``tocar el cielo'' con sus grandes logros (Gn 11).
En el plano de las relaciones humanas, la pretensión de justificarse por los
resultados de las propias acciones conlleva, de entrada, la desconfianza
antes los demás, pues ellos pueden en todo momento evaluar los que yo produzco.
En la historia bíblica, Adán y Eva se dan cuenta de que están desnudos, y se
tienen que cubrir (Gn 3,7). Esta desconfianza se puede traducir, cuando los
resultados son francamente negativos, en un intento de eludir la propia responsabilidad
inculpando a los otros (Gn 3,12). Esto no agota las posibles variedades del
pecado. Quien se quiere justificar por los resultados de las propias acciones
puede utilizar a los demás para producir esos resultados, dando lugar a diversas
formas de dominación. En el relato bíblico, Eva utiliza a Adán para producir
aquello que las civilizaciones antiguas consideran como el ``fruto'' por
excelencia de una mujer: los hijos. Pero esta utilización se entreteje con otra,
en la que el varón domina a la mujer (Gn 3,16). Los sistemas de utilizaciones
mutuas no son sin embargo la única plasmación posible del pecado fundamental.
Caín y Abel aparecen compitiendo entre sí por presentar los mejores resultados
de su trabajo ante la divinidad. La competencia engendra envidia y violencia
homicida entre los hermanos.
La violencia no es, como se presenta en ocasiones, el pecado fundamental de
la humanidad, sino una consecuencia del mismo. Ciertamente, hay una conexión
entre la violencia y el mimetismo (Girard, 1972) de quienes tratan de producir
los mismos resultados. Sin embargo, la raíz última de la violencia está precisamente
en esa pretensión de justificación mediante los logros de las propias acciones.
En este sentido, el pecado de Caín remite, más profundamente, al de Adán. Ahora
bien, en la lógica del pecado fundamental, cada quien ha de recibir el resultado
merecido por sus acciones. El homicida ha de ser matado. Esto da lugar, en último
término, a una espiral creciente de venganzas y contra-venganzas. Es
lo que en el texto bíblico expresan las palabras de Lámec a sus mujeres (Gn
4,23-24). El estado, como monopolio de la violencia legítima, trata de
poner límites a esta espiral, asumiendo él mismo las retribuciones. No deja
de ser interesante que el relato bíblico presente a Caín como el primer fundador
de una ciudad-estado (Gn 4,17). Sin duda, cuando una institución humana asume
la tarea de dar a cada quien lo merecido, de alguna manera asume funciones propias
de los dioses, y entra en competencia con Dios. En realidad, quien quiere producir
grandes resultados, quiere poder. Es el poder que da la técnica, la dominación
económica, militar o política. Un poder que busca el reconocimiento de los otros,
pero que solamente termina por dividirlos. En este sentido, el imperio
de Babel es la culminación del dinamismo expresado en la desobediencia de Adán.
Otras dimensiones del pecado tocan a la relación del ser humano consigo mismo
y con la naturaleza. Quien se pretende justificar por los frutos de las propias
acciones, no sólo está expuesto permanentemente al tribunal de Dios o de los
demás seres humanos. También está el tribunal de la propia conciencia, que presenta
todas las faltas como merecedoras de un castigo. Es la culpa que caracteriza
la situación existencial de Caín (Gn 4,13-14). Por otra parte, la voluntad de
justificarse por los frutos de las propias acciones conlleva una carrera incesante
por producir resultados. El trabajo deja de ser un apacible cuidado del
jardín de Dios (Gn 2,15) para convertirse en una carrera frenética para obtener
resultados. Una carrera frenética que agota y destruye a la naturaleza,
que de este modo queda afectada por el pecado. Y una carrera que solamente
culmina con la muerte. La muerte deja de ser el fin natural de la vida
para convertirse en algo muy distinto. Quien ha pasado toda la vida tratando
de producir resultados que le justifiquen, obtiene como resultado final la muerte
(Gn 3,17-19). Bajo la lógica de Adán, no cabe ninguna duda de que la muerte
es ``la paga del pecado'' (Ro 6,23).
Llegados a este punto, podemos entonces constatar que el ``pecado original''
no sólo es el pecado fundamental de la humanidad, sino más precisamente la estructura
fundamental de su pecado. Los pecados particulares y, más radicalmente, la
situación empecatada de la humanidad, se presentan como plasmación concreta
de una misma estructura fundamental. Aunque teología clásica tendió a pensar
el pecado de Adán como un hecho histórico, no por ello dejó de entrever este
aspecto más radical del pecado original como estructura fundamental de todo
pecado (Agustín de Hipona, Enchiridion, 45). Ahora bien, si ``Adán''
designa a toda la humanidad, no estamos ya ante un esquema cronológico según
el cual un pecado vendría antes que otros. Estamos más bien ante la revelación
crítica, en forma de relato, de la estructura fundamental que subyace
a todo pecado. Tanto los pecados ``individuales'' como los pecados ``estructurales''
obedecen en el fondo a un mismo dinamismo, y son por eso inseparables. El pecado
original no es el pecado social o estructural, sino la raíz última del mismo,
susceptible de plasmaciones tanto individuales como colectivas. No cabe duda,
por ello, que la doctrina del ``pecado original'' se ha de desarrollar
en el marco del ``pecado del mundo'' (Jn 1,29), entendiendo por tal el
conjunto de los pecados humanos (Schoonenberg, 1966). Sin embargo, el ``pecado
original'' no nos habla primeramente del aspecto ``impersonal'' y ``antecedente''
del pecado del mundo, sino más bien ante todo de su estructura fundamental,
de su lógica interna, de su raíz siempre presente en los pecados particulares.
4 El pecado y la salvación
El pecado original, así considerado, no constituye una doctrina pesimista
sobre la naturaleza humana. De hecho, el discurso sobre el ``pecado original''
como estructura fundamental del pecado solamente tiene sentido desde la salvación
que ha tenido lugar en Cristo. En este sentido, una hermenéutica cristiana de
los textos bíblicos relativos al pecado solamente es posible a la luz del conjunto
canónico de la Escritura. Si estos textos nos hablan de la estructura fundamental
de todo pecado, es precisamente porque los cristianos creemos que en Cristo
ha acontecido una liberación tan radical del pecado, que la raíz última del
mismo ha sido curada. El presunto pesimismo es en realidad un optimismo
que desde la liberación acontecida y celebrada reflexiona sobre la situación
pasada. La salvación ya sucedida en Cristo es la que nos abre los ojos para
entender en qué consiste, en su raíz última, el pecado humano, y también para
esperar una liberación definitiva del mismo.
Tomás de Aquino definió el pecado original diciendo que éste consistía formalmente
en una privación de la justicia originaria, y materialmente en concupiscencia
(Summa Theologica I-II, q. 82, a. 3). Esta definición clásica, que recogía
las dos grandes tendencias del estudio medieval del pecado original, puede ser
parafraseada tras nuestro análisis diciendo que la estructura fundamental del
pecado consiste negativamente en una falta de fe y positivamente
en la vana pretensión de autojustificarnos mediante la correspondencia entre
nuestras acciones y sus resultados. Esto nos permite mostrar varias dimensiones
del pecado en relación con la salvación.
En primer lugar, resulta claro que la salvación cristiana tiene una dimensión
universal precisamente porque la falta de fe es universal. Nadie tiene
la fe por nacimiento. Y esto significa que el ser humano, en la medida en que
carece de fe, está abocado a organizar su vida según aquellas esperanzas que
se basan en las regularidades que observamos en nuestro mundo. Dicho en otros
términos: el ser humano, fuera de la fe, está abocado a la autojustificación.
Por supuesto, queda la cuestión abierta sobre si puede haber fe fuera de la
confesión cristiana explícita (véase ``fe''). Pero sí resulta claro que
la carencia de fe implica la autojustificación. Esto nos permite aproximarnos
a entender la situación de los recién nacidos. El pecado original no
es una epidemia hereditaria, trasmitida de padres a hijos en virtud de la concupiscencia
presente en la generación, como en algún momento pensó Agustín de Hipona (Enchiridion,
26, 34). Lo que sucede es que nadie tiene la fe por nacimiento. En el recién
nacido no se puede afirmar la presencia de la vana pretensión de autojustificación.
Pero sí se puede señalar la ausencia de la fe, la cual terminará abocando, si
la fe no aparece, a la necesidad de autojustificarse. Afirmar en los infantes
la presencia del pecado original no es otra cosa que afirmar la universal necesidad
de la salvación que viene de Cristo por la fe.
En segundo lugar, la universal necesidad de la salvación no significa que la
naturaleza humana sea en sí misma mala. Como criatura, el ser humano es una
realidad buena, salida de la voluntad creadora de Dios. Lo que sucede
es que esa criatura no tiene la fe como un elemento más de su ``naturaleza''.
Y por tanto el ser humano, fuera de la fe, está abocado a la autojustificación.
Esto, lejos de ser una maldición de su naturaleza, es el aspecto negativo de
una dimensión positiva. El ser humano ha sido creado para un encuentro con Dios
que no se deriva de las estructuras de la propia naturaleza, sino en el que
se pondrán en juego la gracia de Dios y la propia libertad. El ser humano no
ha sido creado para encerrarse sobre sí mismo, sobre su propia naturaleza, como
un ser ``encorvado sobre sí mismo'' (Lutero). El ser humano
ha sido creado para algo que transciende las propiedades que ``naturalmente''
puede obtener de sí mismo. La realidad humana, por su apertura, está abocada
a una historia personal y colectiva. La doctrina del ``pecado original''
nos muestra que el ser humano, lejos de agotarse en sí mismo y en las propiedades
que tiene por nacimiento, ha sido creado para un encuentro con Dios que tiene
lugar en la historia. La doctrina del pecado original es una doctrina
sobre la historicidad de la salvación.
En tercer lugar, el análisis del ``pecado original'' como estructura fundamental
de todo pecado nos permite distinguir con precisión entre pecado y faltas
morales. Ciertamente, la estructura fundamental del pecado se plasma en pecados
particulares, los cuales pueden tener el carácter de una falta moral.
Pero no es posible establecer una ecuación entre pecado y falta moral. La falta
de fe y la pretensión de autojustificación son compatibles con el discernimiento
moral y la libertad. Dicho en los términos cronológicos del relato bíblico:
incluso después de ``Adán'', Caín tenía libertad para no haber asesinado
a su hermano Abel (Gn 4,6-7). Una hipotética conducta éticamente intachable
es perfectamente compatible con la absoluta voluntad de autojustificación: es
justamente el llamado ``fariseísmo''. Dicho en términos más colectivos:
las estructuras de pecado son, como hemos visto, plasmación de la estructura
fundamental del pecado. Es posible, por supuesto, mejorar cualquier estructura
económica, social, política o religiosa. La lucha por transformar esas estructuras
es por ello un aspecto de la lucha cristiana contra el pecado. Sin embargo,
la lucha verdaderamente decisiva y eficaz tiene lugar allí donde se busca transformar
la raíz de la que surgen todo tipo de estructuras opresivas. De lo contrario,
nuevas formas de dominación tenderán indefectiblemente a aparecer.
Esto nos muestra, en cuarto lugar, las dimensiones sociales de la salvación.
El análisis de la estructura fundamental del pecado nos ha mostrado cómo en
las sociedades humanas se plasman diferentes formas de dominación, de violencia,
de búsqueda de prestigio, de autodivinización y voluntad de poder. En este sentido,
la doctrina del ``pecado original'' contiene constitutivamente una crítica
social y política. Pero también nos muestra que la salvación cristiana, en la
medida en que cura esa estructura fundamental, da lugar necesariamente a unas
nuevas relaciones sociales. Dicho en términos bíblicos: ``los que son tenidos
por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen
sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera
hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el
primero, será siervo de todos'' (Mc 10,42-44). La comunidad cristiana
constituye las primicias de una nueva sociedad, la alternativa de Dios a las
formas de opresión que se dan en el mundo. El perdón del pecado original (simbolizado
en el bautismo) es por ello necesariamente y al mismo tiempo una incorporación
a una comunidad creyente.
En este marco es posible repensar la vieja doctrina de la concupiscencia,
como término teológico con el que se quiere designar, no primeramente un desorden
de la voluntad o un problema relativo a la sexualidad, sino la lucha (ad
agonem, DS 1515) del creyente una vez que ha sido liberado de la estructura
fundamental del pecado. Y es que el haber creído no nos garantiza que
siempre creamos, ni que organicemos todas las dimensiones de nuestra vida según
la fe. En el creyente sigue habiendo una lucha que le remite siempre a la necesidad
de que Dios renueve en él la salvación que ya le ha dado: ``creo Señor, socorre
mi incredulidad'' (Mc 9,24). Esta increencia no es un problema puramente
individual, sino también colectivo. En la comunidad cristiana se pueden reproducir,
bajo formas tal vez más sutiles y paternalistas, las mismas estructuras de dominación
que hay en el mundo. La lucha cristiana contra el pecado, en su raíz y en sus
plasmaciones, es también por tanto, como en los viejos textos de Israel, una
lucha profética para que las estructuras del pueblo de Dios reflejen
la salvación que ha tenido lugar en Cristo. Es decir, para que en el pueblo
de Dios no haya desigualdad, pobreza, ni opresión.
Finalmente, la doctrina del ``pecado original'' nos muestra la necesidad
de ser salvados. La estructura fundamental del pecado no es algo que podamos
cambiar por nosotros mismos. Un intento de salvarnos a nosotros mismos nos mantendría
encerrados en nuestras propias posibilidades, en nuestra propia justicia, en
los cálculos sobre los resultados posibles de nuestras acciones. Si la liberación
fuera algo que realizáramos por nosotros mismos, ella sería un resultado más
de nuestras acciones, con el que habríamos alcanzado nuestra propia justicia.
Podríamos sin duda gloriarnos de ello, pero la estructura fundamental del pecado
permanecería intacta, pues no habríamos abandonado la voluntad de autojustificación.
La desobediencia de Adán no la puede curar Adán. Dicho de nuevo en términos
bíblicos: unos querubines están al Oriente del huerto del Edén, y una espada
encendida nos impide el regreso (Gn 3,24). La autoliberación sería autojustificación.
No nos podemos dar a nosotros mismos la salvación (véase). Necesitamos un salvador.
La doctrina del ``pecado original'' nos muestra y nos une a los gemidos
de la humanidad y de la creación entera que clama por su Mesías: ¡Ven, Señor,
Jesús!
5 Bibliografía
-
Costas, A., ``Más ricos y desiguales'', El País, 30-1-1999, p.
12.
- Girard, R., La violence et le sacré, París, 1972.
- González, A., Teología de la praxis evangélica, Santander, 1999.
- Haag, H., Biblische Schöpfungslehre und kirchliche Erbsündenlehre, Stuttgart,
1966.
- Lohfink, N., Das Jüdische am Christentum, Freiburg i. B., 1989.
- Schoonenberg, P., Theologie der Sünde, Einsiedeln, 1966.
- Segundo, J. L., El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, vol. 1, Madrid,
1982.
This document was translated from LATEX by
HEVEA.