FE
La fe designa el acto por el que la salvación que ha tenido lugar en Cristo
alcanza a las personas y a las comunidades, transformándolas e iniciando una
nueva creación. Esta salvación es una liberación del pecado, tanto en su raíz
(véase pecado original) como en sus diversas plasmaciones, tanto individuales,
como sociales e históricas.
1 La concreción histórica de la salvación
El cristianismo afirma que la historia de la salvación (véase) llega a su culminación
en Jesús de Nazaret, y adquiere un carácter decisivo en su muerte en la cruz.
De acuerdo con la lógica adámica de las retribuciones, la cruz de Jesús constituye
la corroboración del abandono definitivo por parte de Dios y la refutación de
sus expectativas mesiánicas. Sin embargo, el cristianismo proclama con el centurión
romano al pie de la cruz que aquél crucificado era el Hijo de Dios (Mc 15,39),
que Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo (2 Co 5,19).
Esta identificación de Dios el crucificado es, pera la fe cristiana, la clave
de la salvación. Es una salvación de todos los pecados, porque toca a su raíz
última. Esta raíz última no es otra que la lógica adámica de autojustificación.
Según esta lógica, el justo es amparado por la divinidad y prospera, mientras
que al injusto le va mal. La identificación de Dios con Cristo significa sin
embargo que Dios mismo ha corrido la suerte de los presuntamente abandonados
por Dios. De este modo, Dios mismo, el supuesto garante de la lógica adámica
de las retribuciones, ha anulado definitivamente esa lógica. Dios ha rehabilitado
a todos los pobres, enfermos y desgraciados, que en la lógica adámica aparecen
como culpables de su propia suerte, a la vez que ha perdonado a los pecadores,
pues ha cancelado el esquema que exigía una retribución para sus delitos. En
la cruz ha tenido lugar la salvación definitiva del pecado de Adán, esto es,
de la raíz última de todos los pecados.
Por la fe esta salvación alcanza a las personas y las comunidades, tomando forma
concreta en la historia. La fe no es algo que estas personas y comunidades deducen
a partir de sus reflexiones o de sus experiencias. La fe nos llega de
fuera, no de nosotros mismos. Ella nos alcanza a través de un mensaje
que nos anuncia la salvación que ha tenido lugar en Cristo. Es el mensaje del
Evangelio, en el que se nos narra la identificación liberadora de Dios con Cristo,
mediante la cual se ha anulado la lógica adámica de las retribuciones. Este
mensaje que no se puede entender más que como ``palabra de Dios'', por
más que nos llegue por bocas humanas. Porque ese mensaje no es posible más que
como anuncio de la acción de Dios mismo en Jesucristo: ``así que la fe es
por el oír, y el oír por la palabra de Dios'' (Ro 10,17).
La fe consiste en creer en la buena noticia que se nos anuncia en ese mensaje.
No se trata de creer a los mensajeros por sí mismos, pues éstos no son sino
vasijas de barro en las que se contiene el mensaje (2 Co 4,7). A quien se cree
es a Dios mismo que nos habla en ese mensaje. Creer es aceptar el Evangelio
como palabra de Dios, personalmente dirigida por Él a nosotros. Lo que nos dice
ese mensaje es que Dios ha anulado en Cristo la lógica adámica de las retribuciones.
De este modo se nos proclama la radical solidaridad de Dios con todos los aparentemente
abandonados por él, y el perdón de todos los pecados. Este creer nos salva.
Y nos salva, porque en la medida en que creemos somos liberados de la
pretensión de justificarnos a nosotros mismos en virtud de los propios méritos.
El esquema adámico de las retribuciones es, en el fondo, una lógica de autojustificación
(véase pecado original). Si creemos que Dios ha anulado definitivamente esa
lógica, y en la medida en que lo creemos, somos liberados de la pretensión de
autojustificación, la cual no es otra que la raíz adámica de todo pecado humano.
Esto significa que la fe nos saca de nosotros mismos. En la lógica de
las retribuciones, estamos pendientes de lo que nosotros somos, de los éxitos
que nos justifican, de las culpas que nos merecen una retribución, o de los
fracasos que denuncian nuestros errores. Por la fe ya no ponemos nuestra confianza
en nosotros mismos, sino que la ponemos en el Dios que ha actuado en Cristo.
Ya no nos miramos a nosotros mismos, sino que miramos a Jesús, en el que se
inicia nuestra fe (Heb 12,2). En él vemos a Dios mismo cargando con el abandono
de Dios, y haciendo imposible para nosotros ese mismo abandono. Pues ya no hay
pecado alguno que nos pueda separar de Dios. Y ningún acusador (diábolos)
puede tampoco separarnos de Dios, por más que ponga ante nosotros todos nuestros
delitos y sus correspondientes castigos. Ciertamente, lo que vemos son solamente
nuestros méritos y nuestras culpas. Pero la fe, al unirnos con Jesús, nos pone
ante lo que no vemos (Heb 11,1), ante el amor y la misericordia de un Dios que
de esta manera quiere cambiar radicalmente nuestras vidas.
2 La fe que justifica
Muchas de las diferencias confesionales entre las iglesias cristianas sobre
el tema de la justificación han comenzado a superarse en el siglo XX (Küng,
1967; Pesch, 1983), por más que aún permanezcan algunas cuestiones disputadas.
Los avances teológicos recientes más bien muestran que es necesario superar
los lenguajes marcados por las diferencias confesionales y hallar un lenguaje
en el que hoy sea posible entender la justificación.
El pecado adámico, entendido como la estructura fundamental de todo pecado particular,
consiste últimamente en una falta de fe que se traduce en una voluntad de autojustificación
(véase pecado original). El mensaje del Evangelio nos anuncia que Dios ha anulado
toda posibilidad de una autojustificación basada en la idea de una correspondencia,
divinamente garantizada, entre nuestras acciones y sus resultados. De este modo,
el Evangelio nos muestra que no podemos hacernos justos con nuestra propia justicia
(Ro 10,3-4). Pero, al mismo tiempo, el mensaje de la cruz nos anuncia también
que la anulación del esquema adámico de las retribuciones implica un perdón
de los pecados. Se trata, por un lado, de que Dios se revela como aquél que
no quiere llevar cuenta de nuestros delitos, ni nos quiere castigar según nuestras
culpas, sino que por misericordia ha sufrido él mismo el destino que presuntamente
merecían los culpables. Ahora bien, el perdón de Dios es más radical, porque
no sólo toca a los pecados particulares, sino también a la raíz estructural
de todo pecado: la pretensión adámica de autojustificación por los propios merecimientos.
Cuando creemos en el Dios que ha llevado a cabo este acto gratuito de amor y
de perdón, somos justificados. La justificación es, por una parte, el descubrimiento
gozoso de que Dios ha anulado el acta de nuestros delitos, y no pretende retribuirnos
según merecemos. Hay, sin duda alguna, una dimensión ``forense'' en la
justificación, tal como ha subrayado la teología evangélica. Es decir, la justificación
no se funda en nuestra inocencia, sino en que Dios nos declara inocentes sin
nosotros serlo. Si la justificación se fundara en nuestra inocencia, no se trataría
de la justicia de Dios, sino de nuestra propia justicia. Cuando creemos el mensaje
del Evangelio, descubrimos que Dios en Cristo nos ama tanto que nos trata como
a inocentes sin nosotros serlo. Siendo nosotros pecadores, Cristo murió por
nosotros (Ro 5,8). De lo contrario, la gracia no sería gracia, y seguiríamos
en el esquema adámico, buscando la propia justicia.
Ahora bien, la justificación tiene, por otra parte, una dimensión más profunda.
Y es que la vana pretensión autojustificación es la cara positiva de la falta
de fe. En la medida en que no creemos a Dios, queremos justificarnos mediante
los frutos de nuestra praxis. En cambio, en la medida en que creemos la palabra
del Evangelio como palabra de Dios, aceptamos lo que ella nos anuncia: que Dios
ha anulado definitivamente en Cristo el esquema adámico de las autojustificaciones.
Es decir, la fe en el Evangelio sana en nosotros la pretensión de autojustificación,
que es la raíz estructural de todo pecado particular. Hay en la fe un nuevo
nacimiento (Jn 3,1-15), una ``inmaculada concepción'' del creyente. La
fe determina una nueva creación (2 Co 5,17). Porque no sólo se han cancelado
nuestras culpas particulares, sino que la fe sana en nosotros la raíz
misma de todo pecado. Esa raíz era la falta adámica de fe, que conlleva la
pretensión de autojustificación. Cuando Adán no cree a Dios, sino a la serpiente,
inicia la vana pretensión de justificarnos por los frutos, buenos o malos, de
nuestras acciones. El nuevo ser humano, nacido de la fe, es justificado precisamente
por ella.
La justificación por la fe no es por ello un proceso ajeno a nuestra realidad,
sino que destruye la raíz misma del pecado, iniciando en nosotros una transformación
radical. Precisamente por tratarse de algo que no sólo ha sucedido en el Calvario,
sino que nos toca realmente a nosotros es por lo que estamos no solamente ante
una salvación en la cruz, sino ante una salvación que llega a nosotros y nos
incluye. Y no llega a un aspecto cualquiera de nuestra vida, ni se queda en
una mera declaración externa que no nos transforma, sino que toca aquello en
que consiste la raíz misma del pecado: la falta de fe como pretensión de autojustificación.
La justificación por la fe enuncia precisamente todo lo contrario. Dicho en
términos del concilio de Trento: el perdón del pecado original no es una mera
imputación externa, sino que el ``reato'' de ese pecado es realmente eliminado
en nosotros (DS 1515). Dicho en términos de Lutero: la fe ``mata al viejo
Adán, y nos hace seres humanos completamente nuevos en el corazón, el ánimo,
el sentido y en todas nuestras capacidades'' (WA 7,11).
3 Fe y obras
La fe no es una obra nuestra. Si así fuera, el perdón de los pecados sería un
mérito nuestro, con lo que el pecado fundamental no habría sido eliminado. La
fe es una obra, pero una obra de Dios en nosotros. Precisamente por eso, la
fe es un don (Ef 2,8), y no un merecimiento. Como dice el Evangelio de
Juan: ``Ésta es la obra (érgon) de Dios, que creáis en aquél que Él
ha enviado'' (Jn 6,29). Se trata en concreto de la obra del Espíritu
Santo en nosotros: nadie puede reconocer la obra de Cristo en favor nuestro
si no es por obra del Espíritu (1 Co 12,3). Si el cristianismo afirma trinitariamente
la divinidad del Espíritu Santo es justamente porque la fe que surge en el creyente
no puede ser considerada como un simple resultado de la interacción de los creyentes
con la creación. Es obra de Dios mismo mediante su Espíritu. En cuanto que es
un don, y no un mérito, la vocación del creyente no puede entenderse
más que desde la elección libre y gratuita de Dios (Ro 8,29, etc.). Esto no
significa sin embargo un exclusivismo de la predestinación: las elecciones
bíblicas, siendo enormemente particulares y concretas, tienen siempre una intención
universal: que la salvación alcance hasta los confines del orbe.
Si la fe no es una obra nuestra, ello no quiere decir que la fe sea ajena a
la praxis humana. De hecho, tanto la fe como la incredulidad son estructuraciones
concretas de nuestra praxis. La pretensión de autojustificación en virtud de
la correspondencia entre nuestras acciones y sus resultados configura la praxis
humana en un esquema de merecimientos. La llegada de la fe no es algo que acontece
en una subjetividad pasiva, ajena a nuestra praxis. La fe misma es un acto,
como ya afirmaba Tomás de Aquino (Summa Theologica II-II, q. 2, a. 1-2).
Y nuestra praxis no consiste simplemente en movimientos corporales, sino que
ella designa el conjunto de todos nuestros actos en sus diversas estructuraciones.
En concreto, la fe es ante todo uno de esos actos intencionales que estructuran
nuestras acciones según un sentido. Un acto de confianza que sin duda es una
gracia de Dios. Pero un acto que transcurre en nuestra praxis, y no en un ámbito
subjetivo o anímico ajeno a la misma (González, 1999).
En este sentido, el creer no es algo anterior a la praxis humana, como si cuando
creemos no estuviéramos ya también ejercitando una praxis, aunque no sea ``más''
que una praxis orante, con la que la fe no termina. El creer es siempre un ponerse
en camino, un salir de Harán o de Egipto hacia un futuro que es de Dios. El
creer de Abraham no es un acto anterior a su ponerse en camino, sino que su
ponerse en camino es su forma concreta de creer. Dicho en términos de los reformadores:
la fe ``no pregunta si hay que hacer buenas obras, sino que antes de que
uno pregunte, ella las ha hecho, y está siempre actuando'' (ist immer
im Tun, cf. Lutero, WA 7, 11). Ahora bien, la fe cristiana es una fe en la
obra que Dios ha hecho en Cristo en favor de nosotros. La confianza en la efectividad
de esa obra, nos une a aquél que ha sufrido el destino que, en la lógica adámica,
era el propio de los pobres y de los pecadores. Su amor, recibido por la fe,
no nos deja elección, y nos sitúa en su seguimiento. No se trata de tomar
a Cristo como ejemplo al margen de su obra redentora (sería un nuevo y descomunal
fariseísmo), sino que su obra previa por nosotros, apropiada por la fe, nos
posibilita ahora actuar, no para lograr algo a cambio (ni siquiera la propia
justificación), sino puramente gratis, por amor.
A lo que la fe se opone no es por tanto a las obras en general (ella misma es
una obra de Dios), sino a las ``obras de la ley'' o, más precisamente,
a la ``ley de las obras'' (Ro 3,27). Aquí las obras se convierten en un
principio según el cual uno podría alcanzar la propia justicia. Frente a este
principio, la fe confía en la gratuidad de la justicia de Dios. Esta gratuidad
transforma nuestra praxis en su misma raíz, porque nos saca de nosotros mismos
y de la pretensión de autojustificarnos. La fe sabe en cambio que nada nos puede
separar del amor de Dios. Ya no tenemos que pasarnos la vida entera asegurándonos
contra la muerte (Heb 2,15), porque ni siquiera la muerte nos puede separar
del amor que Dios ha manifestado en Jesús. Libres de nosotros mismos, podemos
atender a los demás. Ni el pecado ni la desgracia son ya excusas para acercarnos
a ellos, porque tanto el pecado como la desgracia son el lugar donde Dios ha
querido encontrarse con la humanidad. La fe es activa, y es activa en el amor
(Gl 5,6).
La gratuidad del amor de Dios no significa que los creyentes no tengan que esforzarse.
Dios no quiere hacer su obra en nosotros al margen de nuestra libertad. Todo
lo contrario: es justamente la fe la que nos otorga la verdadera libertad.
Fuera de la fe, ciertamente el ser humano dispone de discernimiento moral y
de capacidad para optar entre diversos rumbos de acción, buenos o malos. Pero
fuera de la fe el ser humano no tiene capacidad para liberarse a sí mismo de
la estructura fundamental del pecado (véase pecado original), de modo que una
vida intachable moralmente no es otra cosa que fariseísmo. El don de la fe,
al liberarnos de la estructura última del pecado, nos otorga una libertad radical.
Es la libertad de la ley como medio de autojustificación. Es la libertad frente
al pecado, pues su estructura fundamental, que es la incredulidad, ha sido limpiada
por la fe. Es la libertad frente al mundo, porque sus estructuras, basadas en
la lógica adámica, ya no tienen poder frente a nosotros. Es la libertad frente
a la muerte, porque ella ya no es el resultado último de una vida dedicada a
buscar resultados, sino el acto último de unión a Cristo en la fe.
Ahora bien, esta libertad no nos imposibilita volver a la esclavitud. La libertad
que nos ha dado Cristo no excluye la posibilidad de desligarse de Cristo, volverse
a tratar de justificar mediante las propias acciones, abandonando así el ámbito
de la gratuidad (Gl 5,1-4). Lo que la teología clásica llamó ``concupiscencia''
enuncia precisamente esta situación agónica del creyente, en la que la
fe se debate con la incredulidad. Los creyentes siguen siendo pecadores, pues
la orientación fundamental de la propia vida según la fe recibida no garantiza
que siempre creamos ni que todos los ámbitos de nuestra vida estén determinados
por la fe. Cabe la posibilidad de intentar algún tipo de autojustificación.
Es algo que en el ámbito protestante se ha expresado con la fórmula simul
justus et peccator, y que en el ámbito católico los creyentes siguen reconociendo
diariamente cuando piden: ``ruega por nosotros pecadores''. Lo que el
creyente ha de pedir constantemente es ser liberado de la fuerza del pecado.
Respecto a actos concretos, el creyente cuenta con la mayor o menor fuerza de
su voluntad. Pero respecto a la fe misma, en la que reside la clave de su liberación,
el creyente necesita del don gratuito de Dios: ``creo Señor, socorre mi incredulidad''
(Mc 9,24).
4 Fe e increencia
La contraposición entre fe e increencia tiene lugar normalmente entendiendo
la fe como un ``tener por verdaderas'' ciertas afirmaciones oficiales
del cristianismo (existencia de Dios, Trinidad, divinidad de Cristo, etc.),
mientras que la increencia consistiría fundamentalmente en la negación de esas
afirmaciones, en la imposibilidad de afirmarlas, o en la simple indiferencia.
Ahora bien, la fe cristiana no consiste exclusivamente en un acto intelectual
de ``tener por verdaderas'' ciertas afirmaciones. La fe cristiana es ante
todo un acto de confianza en el Dios que ha actuado en Cristo, anulando la estructura
última del pecado. Sin embargo, la fe en este sentido primero y propio (fides
qua) incluye constitutivamente un momento intelectivo, en el que se tiene por
verdadero lo que el mensaje del Evangelio nos anuncia (fides quae).
La fe nos anuncia algo concreto que Dios ha hecho en Cristo, y por tanto nos
informa sobre Dios, sobre Cristo, y sobre la acción de Dios en la humanidad.
Es lo que resumidamente tratan de recoger fórmulas de fe como el Credo.
Ciertamente, a lo largo de la historia del cristianismo estas afirmaciones fundamentales
de la fe han ido experimentando una formulación más precisa en los tratados
teológicos, y en diversas ocasiones las iglesias han hecho definiciones oficiales
sobre sus creencias. Sin embargo, todas estas fórmulas, tratados y definiciones
tratan de expresar algo cuyo núcleo está precisamente en la actuación de Dios
en Cristo. Porque Dios se identificó realmente con un hombre real, es por lo
que el cristianismo afirma la divinidad de Cristo. Porque esa identificación
no es moral, sino que concierne a una realidad corporal, el cristianismo afirma
que la muerte no podía retener a Cristo. Porque la obra de la fe en nosotros
no es obra nuestra, es por lo que la fe cristiana afirma la divinidad del Espíritu.
Porque esa obra tiene consecuencias universales, los cristianos hablan de una
creación en Cristo. Por que esa obra de Dios manifiesta un amor más fuerte
que la muerte, la esperanza cristiana transciende los límites de la historia
presente, esperando un cielo nuevo y una tierra nueva.
Ciertamente, cuando la fe cristiana se expresa en un sistema de verdades, ella
se hace susceptible de los ataques de la razón filosófica, que no puede
encontrar justificadas tales afirmaciones. En realidad, no pude ser de otro
modo. La fe cristiana no surge de la observación de las estructuras y procesos
del mundo, y en este sentido transciende todo lo que la razón puede descubrir
por sí misma. Pero este transcender no es un contradecir, sino un abarcar. Desde
la fe es posible entender de manera nueva el mundo, pero desde el mundo no es
posible mostrar la fe (1 Co 2,14-16). Si la fe no se basa en la observación
de las estructuras del mundo, sino en la acción de Dios en Cristo, tampoco puede
ser juzgada a partir de esas estructuras. Lo que la razón puede criticar y critica
justamente son más bien ciertas comprensiones incorrectas de la fe. En este
sentido, la razón filosófica cumple para los creyentes una función purificadora
respecto a las propias tergiversaciones de la fe. Justamente los intentos de
convertir la fe en algo deducible a partir de las estructuras del mundo son
falsificaciones de la fe, que pasa entonces a convertirse en una opinión filosófica
más, ganada por nosotros mismos, y por medio de la cual nos podemos justificar.
Ahora bien, la fe no es un salto irracional, más allá de la razón. La fe, siendo
una gracia, es una opción razonable entre las distintas posibilidades de entender
lo sucedido en Cristo. Pero lo razonable no es lo matemáticamente deducible
a partir de un sistema axiomático (Zubiri, 1984). La fe no puede mostrar que
solamente su opción es racional. Lo que sí puede mostrar es que otras
interpretaciones de lo sucedido en Cristo tienen finalmente que tachar a Cristo
de ingenuo, de loco, o de condenado por Dios. En el esquema adámico de autojustificación,
la víctima es necesariamente culpable. Fuera de la fe, la simpatía por Cristo
solamente es posible recortando muy radicalmente su vida y sus pretensiones.
Pero más radicalmente, la fe cristiana puede mostrar que cualquier otra interpretación
de lo sucedido en Cristo no nos puede sacar de la estructura fundamental del
pecado (véase pecado original), pues cualquier autoliberación sería finalmente
una autojustificación. El creyente no puede demostrar racionalmente su fe, solamente
puede mostrar que ella es una opción razonable entre otras opciones, al tiempo
que sí puede demostrar racionalmente cuáles son las consecuencias de la falta
de fe.
Existe sin embargo también una increencia de los ``creyentes'',
que se entiende perfectamente después de lo visto hasta aquí. Se pueden tomar
las afirmaciones fundamentales de la fe cristiana, los credos, las teologías
y los dogmas como un simple sistema de verdades, al margen del acto de creer.
Tenemos entonces una especie de visión del mundo, sancionada por Dios en su
revelación. A esto se le añade una serie de preceptos litúrgicos, morales e
incluso políticos. Tenemos entonces un cristianismo sin una fe viva. Y la falta
de una fe viva implica obviamente la reaparición de la pretensión de autojustificación.
Las obras, separadas de la fe, se vuelven ahora muy importantes, no porque se
realicen, sino justamente porque ya no se realizan. La fe es ahora un proceso
intelectual y, como tal, una fe muerta, incapaz de justificar. De este tipo
de fe se puede decir perfectamente que también los demonios aceptan todas esas
verdades que afirman los creyentes, pero en ellos no hay precisamente una confianza
viva en Dios, sino más bien todo lo contrario: ``también los demonios creen,
y tiemblan'' (Stg 2,19).
Junto con la increencia de los ``creyentes'' hay también una fe
de los no creyentes. El Espíritu de Dios sopla donde quiere, y su actividad
no se limita a los límites de ninguna religión o de ninguna iglesia establecida.
No se trata de afirmar, como se hace a veces ingenuamente, que todas las religiones
son caminos de salvación. Las religiones, toda religión, como cualquier
otra institución humana, puede canalizar perfectamente la voluntad humana de
autojustificación. Algunas lo hace de una forma notable. Sin embargo, en las
religiones puede aparecer también la gratuidad. Cuando Krishna le dice a Arjuna
que no coma de los frutos de sus acciones (Bhagavad-Gita, III, 19), tenemos
la aparición de una gratuidad que el cristiano solamente puede entender como
la actuación del mismo Espíritu que nosotros hemos recibido. Esto, por supuesto,
puede aparecer también fuera de las religiones, en el más puro ateísmo, no como
un mérito de tal ateísmo (ya no habría gratuidad), sino como la acción gratuita
del Espíritu de Dios. Ciertamente, esta acción se manifestará en obras, que
permiten distinguir el árbol bueno del árbol malo. No en obras de autojustificación,
sino en obras de amor. Pero no son las obras las que hacen bueno al árbol, sino
que es el árbol bueno el que da buenos frutos. Por eso, más que de cristianos
anónimos, resulta más preciso hablar de una fe anónima. Respecto a esa
fe, el anuncio cristiano es el anuncio de alguien que ya está presente y actuando
entre los no creyentes: ``al que adoráis sin conocer es al que yo os anuncio''
(Hch 17,23).
5 Fe y justicia
La relación entre fe y justicia no es una relación extrínseca, como si el creyente
tuviera una obligación moral especial en luchar por la justicia en el mundo.
De hecho, no se necesita la fe (explícita o anónima) para tener la obligación
ética de luchar por la justicia. Sin la fe, esta justicia es aquella pretende
dar a cada quien según sus méritos. La fe pretende otra justicia, que transciende
los méritos y que crea una auténtica igualdad (Mt 20,1-16). La relación entre
la fe y esta justicia no es extrínseca, sino intrínseca y radical. La estructura
fundamental del pecado determina de hecho toda forma de injusticia, de manipulación,
de opresión y de dominación de unos seres humanos sobre otros (véase pecado
original). Esa estructura consiste en la falta de fe que conlleva la autojustificación.
La fe que nos justifica es la raíz de una nueva humanidad, en la que todas las
plasmaciones concretas del pecado comienzan a desaparecer.
En la fe es posible establecer unas relaciones en las que el otro no aparece
como alguien que juzga los propios merecimientos, sino como un hermano o hermana.
En la fe, la relación entre los géneros se sale de la lógica de las utilizaciones
mutuas y de la dominación, y es posible la entrega que no pide nada a cambio.
En la fe, no hay diferencias entre varón y mujer. En la fe, es posible una colaboración
que no se mide por los resultados producidos, y que por ello excluye la competencia
y la envidia. En la fe, el mal no ha de obtener el castigo merecido, sino que
es posible el perdón. En la fe, la violencia no es respondida con violencia,
sino con amor. En la fe, el estado como monopolio de la violencia legítima se
vuelve innecesario para los creyentes (Ro 12,9-13,14), que pueden arreglar autónomamente
sus problemas (1 Co 6). Esto significa entonces que las bienaventuranzas, lejos
de ser una simple utopía universal, constituyen la carta fundacional de una
nueva sociedad concreta, en la que desaparecen las injusticias derivadas del
pecado adámico. Una sociedad en la que los bienes alcanzan para todos (Pesch,
1995). Es la sociedad establecida por la obra de Jesús, y sobre la que éste
reina como Mesías (Cristo) junto con todos los creyentes. El reinado de Dios
es ejercido por el resucitado ya en esta historia, mediante su señorío sobre
las comunidades creyentes, hasta la consumación de los tiempos, cuando Cristo
entregue el reino al Padre.
De este modo, el ansia humana por la justicia, y la lucha de todas las personas
de buena voluntad por un mundo más justo encuentra en las comunidades cristianas
un contraste y un impulso. Un contraste, porque las comunidades cristianas muestran
una justicia muy especial, basada en la gratuidad y no en los merecimientos.
Una justicia que no se establece desde el poder del estado, ni que queda emplazada
para el futuro, sino que comienza ya, desde ahora y desde abajo, entre los pobres
y los pecadores. Una justicia que no utiliza la violencia para imponerse, sino
que acepta incluso sufrir la injusticia, pero que sin embargo es una justicia
real y visible, no puramente espiritual, sino absolutamente concreta en comunidades
en las que desaparece la pobreza y la opresión. Este contraste es al mismo tiempo
un impulso, porque la fe viva muestra que las esperanzas humanas tienen de parte
de Dios una corroboración, no puramente simbólica, sino perfectamente real.
La fe muestra, en las nuevas relaciones sociales que se inician en las comunidades
cristianas, que otra forma de sociedad ya es posible en esta historia, y que
la esperanza ya es por tanto una realidad.
6 Bibliografía
-
González, A., Teología de la praxis evangélica, Santander, 1999.
- Küng, H., La justificación: doctrina de Karl Barth y una interpretación
católica, Barcelona, 1967.
- Pesch, O. H., Frei sein aus Gnade. Theologische Anthropologie, Freiburg
i. B., 1983.
- Pesch, R., Über das Wunder der Brotvermehrung, oder: gibt es eine Lösung
für den Hunger in der Welt?, Frankfurt a. M., 1995.
- Zubiri, El hombre y Dios, Madrid, 1984.
This document was translated from LATEX by
HEVEA.