LA MEMORIA: APROXIMACIÓN FILOSÓFICA


Antonio González



Vamos a tratar de aproximarnos filosóficamente al significado de la memoria. ¿Qué es la memoria? ¿Para qué sirve? ¿Cuáles son sus posibilidades y peligros?


1. La comprensión habitual de la memoria


Comencemos con ciertas comprensiones habituales del término “memoria”, porque en ellas hay presupuestos filosóficos que nos interesa sacar a la luz. El Diccionario de la Real Academia nos dice que la memoria es una “potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. La carga escolástica del lenguaje es obvia. Pero corresponde sin duda a un uso habitual del término, según el cual la memoria sería una facultad, capacidad o potencia. Y esta capacidad se expresaría en actos: los actos de recuerdo. Estos actos de recuerdo o rememoración también pueden ser llamados “memoria”, como cuando por ejemplo decimos “hacer memoria de algo”. De ahí un segundo sentido del término, también recogido por la Real Academia, según el cual la memoria sería un “recuerdo que se hace o aviso que se da de una cosa pasada”.

Esta comprensión de la memoria como capacidad y la memoria como acto es en realidad clásica en la historia de la filosofía. Ya el mismo Platón distinguía entre la memoria como mnéme y la memoria como anámnesis. En el primer caso se trataría de la capacidad de recordar y en el segundo del acto mismo de recordar. La escolástica de raíz aristotélica sistematizó estas ideas en su esquema de acto y potencia. La memoria sería una potencia que puede pasar a acto. Y ese acto de rememoración consistiría en la actualización de ese potencia o capacidad. Es lo que se refleja en las definiciones de nuestro diccionario. Y es lo que se refleja también en ciertas comprensiones habituales de la memoria. Según todas ellas, la memoria tendría las siguientes características:

a) En primer lugar, la memoria estaría primeramente referida al pasado. El presente solamente tendría que ver con la memoria en la medida en que los actos de rememoración nos hacen presente ocasionalmente algo que ya ha sucedido en el pasado.

b) En segundo lugar, esta idea de la memoria presupone algo así como un depósito o almacén en el que se van acumulando las informaciones del pasado, los datos que hemos retenido, los “recuerdos” de lo que alguna vez sucedió.

c) En tercer lugar, esta idea de memoria está centrada sobre el individuo, entendido como un ser dotado de ciertas potencias, entre ellas la potencia o capacidad de recordar. La comunidad social solamente sería relevante en esta concepción de la memoria en el sentido de que el individuo es miembro de una especie dotada de las mismas potencias. Pero el depósito de la memoria sería algo primariamente individual.

Esta idea de la memoria la podemos encontrar expresada con enorme belleza en el siguiente texto de Agustín: “Mas heme ante los campos y anchas concavidades de la memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes de toda clase de cosas acarreadas por los sentidos. Allí se halla escondido cuanto pensamos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando de cualquier modo las cosas adquiridas por los sentidos, y cuanto se le ha encomendado y se halla allí depositado y no ha sido aún absorbido y sepultado por el olvido. Cuando estoy allí pido que se me presente lo que quiero, y algunas cosas preséntanse al momento; pero otras hay que buscarlas más con tiempo y como sacarlas de unos receptáculos abstrusos; otras, en cambio, irrumpen en tropel y cuando uno desea y busca otra cosa se ponen en medio, como diciendo: ‘¿no seremos nosotras?’ Mas espántolas yo del haz de mi memoria con la mano del corazón, hasta que se esclarece lo que quiero y salta a mi vista de su escondrijo”i.


2. El estudio psicológico de la memoria


Hasta aquí las concepciones habituales de la memoria. Si damos un paso más, y nos dirigimos a los estudios científicos de la misma, iniciados con Ebbinghaus (1885), nos encontramos con que la psicología mantiene una concepción muy semejante de la memoria. Para la psicología contemporánea, la memoria sería la “facultad de los seres vivos de evocar de forma espontánea o voluntaria experiencias anteriores”. De acuerdo con esta comprensión fundamental, la psicología distingue diversos tipos de memoria:

a) Estarían, en primer lugar, las memorias más breves, llamadas “eidéticas” o “icónicas”. Son memorias que se desvanecen en segundos, y que probablemente reflejan la actividad de retenes sensoriales. Si no se presta atención, lo registrado en esta memoria desaparece.

b) En segundo lugar tendríamos las llamadas “memorias a corto plazo”, que tratan unos 15 segundos en desvanecerse. Es lo que sucede cuando leemos un número de teléfono, lo marcamos para llamar a alguien, pero después ya no lo recordamos. Sin embargo, si esta información es procesada, por ejemplo mediante la repetición, el recuerdo puede durar algún tiempo más. Se trata por lo general de procesamientos superficiales, no duraderos. Sin embargo, algunos teóricos hablan aquí también de memorias “a medio plazo”, que duran algunas horas, como cuando por ejemplo recordamos en la tarde el lugar en que hemos dejado parqueado el carro en la mañana.

c) En tercer lugar estarían las memorias a largo plazo, que duran días o semanas, y que obedecen a procesamientos más profundos, como los que se derivan de utilizar el propio número de teléfono repetidamente. Pero esta memoria desaparece cuando, por ejemplo, pasa un tiempo largo sin utilizar ese número de teléfono.

d) Tendríamos finalmente las llamadas “memorias permanentes”, que parecen no declinar durante el resto de la vida de un organismo, mientras goza de buena salud. Ciertas experiencias, ciertas personas, ciertos lugares, nunca son olvidados.

La psicología también ha estudiado la relación entre memoria e interés, o entre memoria y género. También se han estudiado los factores que afectan a la memorización, como es la longitud del material que se quiere recordar, la organización del mismo, su homogeneidad, etc. En este contexto tiene gran interés el estudio de los mecanismos mnemotécnicos. También son importantes los intentos de la psicología de establecer un índice para medir de un modo controlable la memoria. Aquí se han utilizado criterios como el reconocimiento, el tiempo que se requiere para el reaprendizaje, o la capacidad de evocar un recuerdo. Por supuesto, la psicología también ha estudiando las patologías de la memoria.

Este último aspecto es importante desde el punto de vista de la psicología fisiológica, porque el estudio de las disfunciones de la memoria, debidas a accidentes físicos, al uso del alcohol o a operaciones quirúrgicas, ha contribuido a que se puedan identificar ciertas áreas cerebrales ligadas a la memoria. En concreto, parece que el hipocampo y la amígdala cerebral tienen un papel fundamental en la formación de la memoria. El almacenamiento de la misma se suele atribuir a los cambios sinápticos, aunque también hay teorías que sostienen la formación de memoria en neuronas aisladas.

Todos estos estudios de la psicología nos han ayudado a entender mejor los mecanismos de la memoria y su base cerebral. Pero no han cambiado notoriamente la concepción habitual de la memoria. La memoria se sigue relacionando con las experiencias pasadas de una persona y con su actualización en el presente. De este modo continúa la prioridad del pasado, del individuo y del modelo del almacén. De todos modos, la psicología nos habla en ocasiones de un tipo distinto de memoria, la llamada “memoria operativa”, que estaría compuesta por el almacén a corto plazo y por la presencia de elementos del almacén a largo plazo que actúan en el comportamiento presente. Aquí tendríamos una idea de la memoria más relacionada con el presente en el que esa memoria opera. Por otra parte, el estudio psicológico de los “almacenamientos” de la memoria, ha puesto de relieve que estos almacenes parecen cambiar de acuerdo a nuestras experiencias. Nuestra memoria no es siempre idéntica a sí misma sino que va cambiando a lo largo de nuestra vida. El ser humano codifica la información seleccionándola, y la recupera de acuerdo con esquemas propios, emociones y censuras. La “base cerebral” no consiste por tanto en un archivo inmóvil de recuerdos, sino que parece estar sometida a variaciones biográficas. Y esto, por supuesto, nos remite también a las dimensiones colectivas de la memoria.


3. Las memorias informáticas


Un cierto avance sobre la idea clásica de memoria aparece con más nitidez en las modernas ciencias de la computación. Es la idea de las memorias RAM, a diferencia de las memorias ROM. Las memorias RAM (Random Access Memory) se refieren a “memorias de acceso aleatorio”. El nombre no es muy correcto, porque toda memoria en una computadora es de hecho una memoria de acceso aleatorio. Más propio sería el término “memorias vivas”, que a veces se usa en las ciencias de la computación. También se las puede llamar “memorias de escritura y lectura”, porque en ellas se pueden estar incluyendo y extrayendo datos contianuamente. Las memorias RAM son memorias volátiles, porque solamente mantienen la información mientras la computadora está encendida, y su contenido se pierde al apagar la computadora. Es lo que todos hemos experimentado al perder un texto que no habíamos “guardado” o “archivado”.

De las memorias RAM se distinguen las memorias ROM (Read Only Memory), porque la información que hay en ellas no se cambia una vez que ha sido almacenada, a no ser que ejecutemos una operación especial destinada a reescribir el contenido de lo almacenado. Las memorias ROM no son volátiles, porque se mantienen cuando la computadora está apagada. También se las llama a veces “memorias muertas”. Se trata del contenido que tenemos almacenado en forma de archivos en los “discos duros”, en los disquetes y en los CD-ROMs.


4. La memoria actual


Desde el punto de vista filosófico resulta interesante observar la analogía entre la “memoria operativa” de la que nos habla a veces la psicología, y la “memoria viva” o memoria RAM de las computadoras. Ellas nos ponen en la pista de un tipo fundamental de memoria, que podemos llamar “memoria actual”. No es una memoria informática, sino una memoria humana. No es una memoria exclusivamente individual, sino también social e histórica. Y no es una memoria a la que haya que llegar necesariamente mediante un estudio psicológico o informático, sino que ella es accesible para una filosofía “praxeológica”, es decir, para una filosofía que se entienda a sí misma como anclada en el análisis radical de la praxis humana.

El análisis de la praxis humana nos muestra en ella la presencia actual y operativa de la memoria, entendida ésta como el elenco de esquemas intencionales que organizan nuestras acciones, proporcionándoles una orientación. Consideremos por ejemplo, los actos de percepción, integrantes constitutivos en cuanto actos de la praxis humanaii. La percepción actual de un objeto solamente es posible en virtud de tales esquemas intencionales, que no son otra cosa que acciones pasadas convertidas en esquemas para entender las actuaciones presentes. La “mesa”, por ejemplo, no enuncia simplemente una idea, sino que enuncia un conjunto de actuaciones con sentido respecto a ella, como el sentarse a la mesa, el comer o el escribir. Esto resulta especialmente claro en el caso del lenguaje, el cual desde un punto de vista praxeológico no consiste sino en un sistema de esquemas intencionales de carácter simbólico. Por eso mismo, la comprensión efectiva de cualquier lenguaje exige la presencia de una memoria en acto, de lo que hemos llamado “memoria actual”. No es un simple almacén ni un recuerdo, sino una memoria vida, continuamente en operación, y sin la cual no entenderíamos el mundo que nos rodea.

En la historia de la filosofía ha habido importantes pensadores que se han fijado en este carácter actual de la memoria. El mismo Agustín de Hipona no sólo habló de la memoria como almacén de experiencias pasadas, sino también de la memoria como un dinamismo actual. Así nos dice por ejemplo: “Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo”iii. La memoria se identifica con el alma, con el propio “yo”, que un papel tan central juega en la filosofía agustiniana. Pero este “yo”, y esto es lo que nos interesas subrayar, es algo actual, y no meramente pasado. Frente al recuerdo platónico, Agustín resalta la actualidad de la memoria. Más recientemente, Henri Bergson contrapuso la memoria psicofisiológica de repetición a lo que él llamó la “memoria pura”. Esta última constituye para Bergson la propia esencia de la conciencia. En la “memoria pura” se haría presente el ser esencial de la persona en cuanto ser espiritual, siendo para Bergson el ser humano precisamente “el ser que tiene memoria”iv.

No nos interesa en este momento la contraposición entre lo fisiológico y lo espiritual que aparece en la filosofía de Bergson. Pero sí nos interesa subrayar que, desde un punto de vista analítico, la memoria, sea cual sea su base fisiológica, constituye un momento actual de nuestra praxis, proporcionándole un sentido. Este sentido no se refiere solamente a las cosas de nuestro mundo, sino también a nuestra praxis y a nosotros mismos. Por eso la memoria está tan ligada a la propia identidad. Sin embargo, esto no significa que la memoria se identifique primeramente con el alma, como quiere Agustín. La memoria, antes de ser una sustancia espiritual, es ante todo un momento de nuestra praxis, entendida como sistema de actos. Por otra parte, la presencia actual de la memoria como orientadora de nuestra praxis no significa necesariamente una presencia consciente, como quiere Bergson. Lo consciente es ciertamente actual y efectivo, pero no todo lo actual y efectivo es necesariamente consciente. También los actos inconscientes están orientados por una memoria actual, como bien ha mostrado el psicoanálisis.

Desde esta perspectiva tenemos que revisar los caracteres que se atribuyen a la memoria en sus concepciones habituales. Ante todo resulta claro que la memoria no está circunscrita al pasado y a su actualización en el presente. La memoria, desde el punto de vista de un análisis filosófico, comienza siendo un hecho presente, sin el cual sería imposible la orientación de nuestra praxis. La memoria está obviamente vinculada al pasado, porque son las acciones pasadas las que se utilizan actualmente como signos y símbolos que orientan las actuaciones presentes. Pero la memoria está también vinculada al futuro, porque toda comprensión actual de cuales son mis posibilidades futuras de actuación se funda necesariamente sobre el elenco de esquemas intencionales desde los que entiendo mi situación presente, en la cual están ancladas esas posibilidades. De este modo, la memoria es un momento constitutivo de toda la praxis humana, y no una simple potencia de actualizar un almacén de cosas pasadas.

La memoria, así entendida, tiene obviamente un carácter colectivo. De hecho, los esquemas intencionales que orientan nuestra praxis se sistematizan en esquemas simbólicos, sobre todo en esquemas lingüísticos. Y estos esquemas lingüísticos, precisamente por su carácter simbólico, son siempre colectivos. El estudio de la base fisiológica de la memoria no debe pasar por alto que la memoria no sólo se almacena en nuestro cerebro, sino que ella está también “archivada” en los distintos lenguajes, y mediante ellos la memoria se almacena también en los relatos, en los escritos o en los soportes electrónicos que constituyen la memoria colectiva con la que actualmente se orienta nuestra praxis. De este modo, la memoria no sólo determinas las posibilidades individuales de actuación, sino también las posibilidades colectivas cuya apropiación constituye los procesos históricos.

Así resulta también claro el papel decisivo que juega la memoria en la determinación de nuestra identidad. La memoria, en cuanto orientadora actual de nuestra praxis, viniendo del pasado y abriéndola al futuro, determina tanto la identidad individual como la colectiva. De hecho, la identidad individual no se puede entender al margen de la colectiva pues de esta última surgen los esquemas intencionales que nos permiten determinar quiénes somos. En este sentido, la identidad humana no es nada “idéntico”, sino algo que está sometido al devenir temporal a lo largo de la historia individual y colectiva. En cualquier caso, la identidad humana, tanto individual como social e histórica, no es algo puramente presente o pasado, sino que está siempre en tensión hacia el futuro: sabemos lo que somos en la medida en que proyectamos ser.

Todo esto nos permite ver los “almacenamientos” de la memoria desde una nueva perspectiva. La comprensión de la memoria como momento constitutiva de nuestra praxis nos permite entender que en el ser humano no hay memorias ROM, destinadas solamente a la lectura. La memoria humana se transforma continuamente en función de nuestras experiencias actuales. De hecho, no es cualquier acción pasada la que puede orientar nuestra praxis. Solamente determinados hechos del pasado pueden realizar esa función en el presente. Por eso la memoria humana es enormemente selectiva, y actúa en función de las posibilidades y tendencias de nuestra praxis. Aquí cobran toda su importancia los estudios psicológicos que relacionan la memoria con el interés. Obviamente, esta transformación continua de la memoria no implica que ella no tenga que ser continuamente almacenada, y que ese almacenamiento no incluya también una base fisiológica. La realidad actual de la memoria no puede soslayar la pregunta por su compleja ubicación cerebral. Este ubicación cerebral, sin embargo, no puede ignorar el almacenamiento simbólico y colectivo de la memoria. Y este almacenamiento no es ni individual ni privado, sino que en él están presentes las experiencias sociales e históricas que rigen actualmente nuestra praxis.


5. Monumentos y memoriales


Detengámonos, para concluir, en este almacenamiento simbólico y colectivo de la memoria. En él podemos distinguir dos formas fundamentales, que llamaré “monumento” y “memorial”. El monumento es una forma de hacer memoria en la que el presente es remitido a un pasado que se considera como su origen y su razón de ser. Los hechos más gloriosos de la praxis pasada cristalizan en un “monumento”, el cual constituye en la actualidad el símbolo visible de que aquello que actualmente se hace tiene su legitimidad en un pasado que lo fundamenta. De este modo, el monumento cumple una clara función ideológica, justificando el presente, y reclamando su perpetuación en el futuro.

El memorial, en cambio, no reclama el pasado para sí. En el memorial hay una insatisfacción, no sólo con el presente, sino también con el pasado. Sin embargo, el memorial sabe que hay algo en el pasado o en el presente que no debe ser olvidado. Pero el memorial sabe qué fácil es el olvido de aquello que no concuerda con la praxis humana vigente. El memorial surge de una insatisfacción que se resigna a olvidar. Justamente por ello, el memorial mira al futuro, con la esperanza de que aquello que no se quiere olvidar esté capacitado para abrir a la praxis humana algunas posibilidades que no todavía pueden realizarse plenamente en el presente.

En el monumento, en cambio, el presente quiere ser idéntico con el futuro, y por eso reclama para sí el pasado. Esta satisfacción acomodada con el presente se expresa en los mismos modos simbólicos que se eligen en el monumento. El monumento puede ser una estatua de piedra, o puede ser todo un edificio. Es el modo en que el presente muestra su propia viabilidad, su pretensión de perpetuarse en su inmovilidad, la presencia visible de las glorias del pasado en la propia actualidad. Si usa formas lingüísticas, el monumento prefiere las crónicas o los “anales”, en las cuales el presente puede presentarse a sí mismo en continuidad con una cadena ininterrumpida de acontecimientos, que vienen del pasado y que habrán de continuarse en el futuro.

El memorial, en cambio, no está a gusto con el presente, ni puede insertarse en el mismo por medio de estatuas o edificios. Por eso, el memorial prefiere los símbolos lingüísticos, pues por medio de ellos se puede hacer presente lo que no está presente, lo que choca con la actualidad y tiene puestas sus esperanzas en el futuro. Pero el memorial no son simples palabras, sino un lenguaje nuevo que adquiere su sentido produciendo una praxis nueva. Frente a la rigidez de las formas rituales ligadas a los monumentos, el memorial no puede cristalizar en ningún rito definitivamente codificado. En el memorial se hacen presentes unas relaciones humanas que todavía pertenecen al futuro. Por eso mismo, el memorial es flexible y tiene lugar para la innovación. En el memorial, el pasado puede mostrar aspectos insospechados, que iluminan de formas nuevas el presente, y que contienen promesas de cambio para el futuro.

Si se me permite una breve consideración teológica, que va más allá del tema de esta conferencia, es interesante observar que el evangelio critica los monumentos (mnemeîa) que hacían los fariseos en honor de los profetas (Mt 23:29-31), no ciertamente por desacuerdo con los profetas, sino por el mismo significado legitimador del monumento. Tales monumentos no son más que tumbas. En cambio, el evangelio nos pide un memorial (anámnesis, mnemóneuo) de Jesucristo (Lc 22:19; 2 Ti 2:8), como recuerdo de algo que, por más que se realice en el presente y recuerde el pasado, su verdadero cumplimiento no se encuentra más que en el futuro (Mt 26:29; Mc 14:25). Ojalá que nuestros memoriales no se conviertan en monumentos, para que nuestra memoria actual no nos condene a la repetición del pasado ni del presente, sino que abra nuevos caminos hacia el futuro.

iAgustín de Hipona, Confesiones, X, 8, 12.

iiSobre esto puede verse mi libro Estructuras de la praxis, Madrid, 1997.

iiiAgustín de Hipona, Confesiones, X, 17, 26.

ivCf. H. Bergson, Materia y memoria, en sus Obras completas, México, 1963, pp. 207-429.

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