Mateo 25 y la esperanza de los pobres1
Antonio González
Según Ignacio Ellacuría, la teología constituye un ``momento ideológico
de la praxis eclesial''2. El que esta afirmación no se deba interpretar de un modo mecanicista
no obsta para constatar la relación entre muchas interpretaciones
teológicas y la praxis eclesial de la que surgen y a la que orientan.
En estas páginas quisiera preguntarme por relación entre las interpretaciones
teológicas de Mt 25,31-46 y su respectiva praxis social. Por supuesto,
esta pregunta tampoco es neutral, sino que se plantea explícitamente
desde un punto de vista concreto: se trata de interrogarse sobre la
capacidad que tienen las distintas interpretaciones teológicas de
este texto para sustentar las esperanzas de los cristianos en medio
de la injusticia que rige este mundo. Como es sabido, el texto nos
presenta a Jesús como un pastor, que al final del día divide a ``las
naciones'' en dos grupos (``ovejas'' y ``cabras''), y las
enjuicia en función de la actitud que han tenido frente a sus ``hermanos
más pequeños''. Después de mencionar a los hambrientos, sedientos,
forasteros, desnudos, enfermos y presos, Jesús les dice, tanto a los
``justos'' como a los ``malditos'', que aquello que hicieron
con los más pequeños, con él mismo lo hicieron.
El texto ha alimentado el compromiso de los cristianos con los más
pobres durante siglos. En los últimos años, el texto se ha convertido
en un punto de referencia obligado para todos los cristianos empeñados
en el trabajo por la justicia. No se trata, sin embargo, de un texto
de fácil interpretación, y se pueden encontrar todo tipo de posiciones
entre los exégetas. Dos puntos son los más controvertidos. En primer
lugar, la determinación de quiénes son las ``naciones'' (éthne)
a las que Jesús juzga. Para algunos, estas ``naciones'' designan
a todos los pueblos de la tierra3, mientras que para otros designan específicamente a los ``gentiles'',
es decir, a los pueblos no creyentes, a diferencia del grupo cristiano4. Mateo seguiría utilizando la contraposición hebrea entre el pueblo
de Dios ('am) y los demás pueblos (goyim). Pero esto
plantea además la pregunta de si el Israel que no ha aceptado a Jesús
es considerado todavía en Mateo como parte del pueblo creyente, o
pertenece ya al ámbito de ``los pueblos'' y, por tanto de la misión
universal5. En segundo lugar, también se discute a quiénes se refieren los ``hermanos
más pequeños'' o más ``insignificantes'' (elákhistos)
con los que Jesús mismo se identifica. Para unos se trata de los creyentes,
en cuanto hermanos de Jesús6, mientras que para otros se trataría de cualquier pobre7.
No pretendemos aquí resolver definitivamente el problema exegético,
pero sí adentrarnos en las dimensiones teológicas del mismo, y plantear
a partir de ellas una interpretación del texto. Estas dimensiones
teológicas están, por supuesto, condicionadas históricamente, y pueden
a su vez predisponer las opiniones de los mismos exégetas. Así, por
ejemplo, en una situación de cristiandad, cuando la iglesia se identifica
con el conjunto de la sociedad, la referencia a ``naciones'' no
cristianas pierde su sentido. Por eso no es de extrañar que todavía
Lutero interpretara el relato de Mt 25,31-46 como un juicio referido
a lo que los cristianos hacen a otros cristianos. De otra forma, posiblemente
el texto hubiera perdido todo sentido en la cristiandad medieval.
Algo muy distinto puede suceder en un contexto de creciente secularización
y desprestigio de las instituciones eclesiásticas. Si en estas circunstancias
todavía se sigue pensando que la fe tendría que resultar de alguna
manera aceptable para la mayor parte de la sociedad, la interpretación
de Mt 25,31-46 puede ser la opuesta: la parábola podría estarse refiriendo
simplemente a lo cualquier persona (creyente o no) hace con cualquier
necesitado (creyente o no). Lo decisivo, a la hora definitiva de la
salvación, sería el compromiso ético con los más pequeños de cualquier
sociedad.
Para aproximarnos a una respuesta a estos problemas, vamos a tratar
de entender estos textos desde lo que Gustavo Gutiérrez llamó la ``perspectiva
del pobre''. Es decir, vamos a tomar una determinada interpretación
teológica del texto del ``juicio de las naciones'', y vamos a
probarla en función de lo que esa interpretación puede significar
para los más pobres. En concreto, nos preguntaremos por la esperanza
de los pobres, tal como podría articularse a partir de una determinada
interpretación de ese texto. Esto, por supuesto, requiere algún contacto
del teólogo con los pobres, y requiere también el conocimiento de
lo que la sociología religiosa nos dice sobre la fe popular8.
1 La esperanza en el ``constantinismo humanista''
Para simplificar, podemos llamar a las dos interpretaciones mencionadas
anteriormente la lectura del ``constantinismo tradicional'' y
la lectura del ``constantinismo humanista''. Ambas interpretaciones
pueden ser llamadas ``constantinianas'' en el sentido de que ambas
pretenden una universalización de los contenidos esenciales de la
fe cristiana mediante la utilización de los poderes públicos. En el
primer caso, los cristianos contaban con unos poderes públicos cristianos
(reyes, emperadores, príncipes) para imponer, incluso violentamente,
los contenidos (reales o supuestos) del cristianismo a toda la sociedad.
En el segundo caso, no se pretenden imponer todos los contenidos tradicionales
de la fe cristiana al conjunto de la sociedad. Se acepta el pluralismo
religioso. Pero sí se pretende lograr que el conjunto de la sociedad
se ajuste a lo que se considera como esencial a la fe. En este caso,
lo esencial a la fe estaría definido precisamente por Mt 25,31-46,
y no sería otra cosa que la ``opción por los pobres''. Los cristianos,
mediante diversos medios políticos, pacíficos o violentos, tendrían
que lograr que los poderes públicos transformen las estructuras de
una determinada sociedad en beneficio de los más pobres.
Desde este punto de vista, la interpretación de Mt 25,31-46 por parte
del ``constantinismo humanista'' quedaría del siguiente modo.
La parábola habla para ``todas las naciones'', y esto significaría
todos los pueblos, creyentes o no, incluyendo por ello tanto a los
cristianos como a Israel. Todos comparecerían ante el juez: Jesucristo.
Él estaría juzgando a toda la humanidad con un criterio muy definido:
su comportamiento ante los necesitados de todo tipo. Estos necesitados
serían tanto creyentes como no creyentes, porque esa distinción no
sería en absoluto relevante. Lo único relevante sería su situación
de necesidad. Del mismo modo que el samaritano se compadeció del viajero
asaltado, pasando por alto todos los prejuicios religiosos (Lc 10,25-37),
así también el texto de Mateo estaría poniendo como criterio definitivo
para la salvación la actitud de cualquier persona ante cualquier necesitado,
más allá de toda distinción étnica o religiosa. Por tratarse precisamente
de un juicio, se nos estaría diciendo qué es lo esencial para la fe
cristiana. Lo esencial para la fe cristiana sería nuestra respuesta
efectiva a la necesidad de los demás. Pero también los increyentes
se comprometen con las necesidades de los demás, llegando incluso
a dar la vida por ellos. De este modo, la práctica cristiana no se
distinguiría (salvo por algunas reuniones litúrgicas) de la práctica
de aquellas personas no creyentes que se comprometen a luchar para
aliviar los sufrimientos de los demás. En sindicatos, partidos u organizaciones
no gubernamentales, la práctica de unos y otros sería la misma: la
lucha por una sociedad mejor, en la que no haya pobreza ni opresión.
Sin duda, hay mucho de verdadero y de valioso en esta interpretación
del ``constantinismo humanista''. Aquí solamente la hemos podido
exponer de un modo sucinto y esquemático. Sin embargo, quisiera llamar
la atención sobre un punto crítico que me parece muy importante. Se
trata de lo siguiente. La interpretación que hemos mencionado está
dirigida primeramente a personas que no son pobres, sino que disponen
de los suficientes recursos, poder y tiempo para hacer algo por ellos.
La interpretación puede dirigirse a las personas cultas de las sociedades
secularizadas de Occidente. O también, por qué no decirlo, a un clero
cuyo nivel de vida no es el mismo que el de los pobres. En general, esta
interpretación se dirige a personas que no son pobres y les llama
a comprometerse con ellos. A los creyentes acomodados, se nos dice
que Cristo está entre los más pobres, esperando nuestro compromiso
con ellos. A los no creyentes, se les dice que lo que el cristianismo
espera últimamente de ellos es que se comprometan con los pobres,
siendo su fe irrelevante para su salvación. En todos los casos, los
interpelados no son pobres, sino personas que optan por ellos. Es
justamente la ambigüedad, tantas veces señalada, que se esconde tras
la expresión ``opción por los pobres''9.
Tratemos ahora de ponernos en la perspectiva del pobre, para preguntarnos
en qué sentido la interpretación del ``constantinismo humanista''
puede afectar a sus esperanzas. Quien haya tratado alguna vez de exponer
esta interpretación en un contexto de pobreza, sabrá posiblemente
a lo que me refiero. Sin duda alguna, el constantinismo humanista
tiene el mérito de decirles a los pobres, en la medida en que son
creyentes, que Cristo está en medio de ellos. Desde el punto de vista
de la fe cristiana, la identificación de Dios con Cristo implica una
solidaridad divina con todos los condenados de la tierra10. Esta verdad central de la fe cristiana es anunciada a los pobres
cuando se les presenta la mencionada interpretación de la escena evangélica
del juicio final. Por supuesto, este anuncio es comprensible por los
pobres que son creyentes. A los pobres que no son creyentes de ninguna
religión, o a los millones de pobres que pertenecen a otras religiones,
esta afirmación de una solidaridad de Dios con ellos puede resultar
perfectamente incomprensible. No es extraño que, en determinadas religiones
o ideologías seculares, se presente a los pobres como rechazados por
Dios, como pecadores o como culpables de su propia pobreza. Ello no
obsta, por supuesto, para que existan también en las religiones afirmaciones
en sentido contrario11.
Mejor adoptemos la posición más favorable, y pensemos que los pobres
realmente son creyentes y comparten la afirmación de que Dios se ha
solidarizado radicalmente con su destino. En la cruz de Cristo, Dios
ha adoptado la suerte de los pobres, de modo que la solidaridad con
los pobres se convierte en encuentro con el mismo Dios. Como ya señalaba
el libro de los Proverbios, ``el que presta al pobre presta al
mismo Dios'' (Pr 19,17). Desde la identificación de Dios con Cristo,
estos viejos textos adquieren su sentido pleno. La solidaridad de
Dios puede ser sin duda una fuente de consuelo para los pobres. Ahora
bien, nuestra pregunta se dirigía, no al consuelo, sino a la esperanza.
¿Qué esperanzas pueden despertar esta interpretación del texto entre
los pobres? Las personas que sufren hambre, sed, desnudez, enfermedad,
desarraigo o encarcelamiento ponen su esperanza en una liberación
de esas situaciones que, en términos generales, podemos caracterizar
como ``pobreza''. Su esperanza difícilmente se satisface con saber
que Dios está de su lado. Tampoco es suficiente una esperanza que
se aloja exclusivamente en el más allá. La esperanza de los
pobres es salir de su pobreza. Y cuando los pobres articulan religiosamente
sus esperanzas, esa intención fundamental de su esperanza no desaparece.
Ahora bien, la interpretación del ``constantinismo humanista''
no parece contar más que con una fuente principal de esperanza para
los pobres. Esa fuente de esperanza no parece ser otra que el
compromiso con ellos de aquellas personas que no son pobres pero que,
sin embargo, se solidarizan con su situación. Por supuesto, estas
personas puede sostener teóricamente que son los pobres los que se
han de organizar, convirtiéndose así en sujetos de su propia liberación,
etc. Pero, en la interpretación del texto que hemos expuesto, los
pobres no son propiamente sujetos, sino objetos a los que se
dirige la solidaridad de los no-pobres. Estos pueden ser cristianos
más acomodados, clérigos o personas no creyentes. Estas personas propugnan
un ``cambio estructural'', y se encabezan diversos sindicatos,
partidos, u organizaciones no gubernamentales. En la medida en que
esas personas asumen ciertas causas sociales o políticas, y obtienen
éxito en sus luchas, los pobres pueden concebir la esperanza de que
ocurran algunos cambios sociales que les permitan salir de la pobreza.
Esos cambios son sin duda importantes, y en algunas ocasiones incluso
se logran llevar a la práctica...
Sin embargo, es importante observar que, en esta perspectiva, los
pobres no salen de su posición de dependencia. Su esperanza depende
del compromiso de otros con ellos12. Cuando los pobres no tienen voz, otros se convierten en sus portavoces,
como ``voz de los sin voz''. Si los pobres han de tener algún
papel en el cambio social, será primeramente apoyando las iniciativas
que otros han tomado. Sin duda, en la medida en que estas iniciativas
tienen visos de ser eficaces, muchos pobres pueden sentirse atraídos
por ellas. De hecho, incluso los gobernantes más despóticos, si son
capaces de prometer y realizar algunas mejoras en favor de los pobres,
encontrarán entre ellos muchos admiradores y seguidores. Con ello
se pueden conseguir algunos cambios sociales, pero no una auténtica
transformación de sociedad en sus estructuras básicas de dominación.
La sociedad, incluso después de las revoluciones más costosas, seguirá
dividida en dos grupos: los beneficiados y los bienhechores. La primera
esperanza de los beneficiados será la existencia y eficacia de los
bienhechores. Incluso se puede llegar a insinuar que los pobres
experimentan la solidaridad de Cristo con ellos mediante la solidaridad
de sus benefactores. Es la mayor legitimación de una dependencia
que no transforma radicalmente las estructuras sociales.
Si ahora nos preguntamos, siguiendo la intuición de Ellacuría, por
la relación entre esta interpretación del texto y su correspondiente
praxis eclesial, habría que decir que las interpretaciones del ``constantinismo
humanista'' son propias de una praxis eclesial caracterizada por
la existencia, en el interior de la respectiva iglesia, de grandes
diferencias sociales. La interpretación teológica del ``constantinismo
humanista'' será característica de grupos eclesiales que, siendo
acomodados, se han sentido éticamente interpelados por esas diferencias
sociales, y han asumido, en nombre del evangelio, diversas tareas
en servicio de los pobres. Estas tareas pueden ser de tipos muy diversos,
desde las más típicamente políticas, hasta diversas formas de solidaridad
en las ``organizaciones no gubernamentales''. La interpretación
``constantiniano-humanista'' del texto implica un compromiso,
en ocasiones heroico, de las personas acomodadas, pero socialmente
conscientes, con los más pobres de su sociedad. Pero no implica directamente
un cambio de las relaciones sociales en la misma iglesia. Los grupos
acomodados, aunque socialmente conscientes y activos, seguirán perteneciendo
a una clase distinta que los pobres hacia los cuales se dirigen sus
esfuerzos benefactores. Las diferencias sociales entre los pobres
y sus benefactores no desaparecerán. Ninguna novedad social habrá
aparecido en la historia.
2 El Evangelio de Mateo
Vemos si es posible otra lectura de Mt 25,31-46 que, siendo fiel al
texto bíblico, sea también capaz de presentarnos una esperanza en
la que los pobres no sean primeramente objeto de la solidaridad, sino
ante todo sujetos de su destino. Para hacer esto tenemos que situar
al texto en su contexto más amplio, extrayendo de él algunas claves
para entender en qué sentido la escena del juicio final en Mateo expone
una esperanza mucho más radical. Aunque la interpretación que vamos
a presentar aquí se basa en el trabajo de algunos exégetas, la he
encontrado también expresada espontáneamente en alguna comunidad pentecostal
de extracción popular.
2.1 El contexto social de Mateo
Como es sabido, el evangelio de Mateo procede de un contexto judeocristiano
que, tratando de conservar la herencia de Israel, está ya abierto
a la iglesia gentil y a la predicación del Evangelio al mundo entero13. La comunidad de Mateo ya se entiende a sí misma como ekklesía
(Mt 16,18; 18,17), distinta de la sinagoga, y como verdadera heredera
de las promesas hechas a Israel, que se han cumplido en Jesucristo.
En cuanto que el Evangelio de Mateo presupone la destrucción de Jerusalén
por las tropas romanas, al mismo tiempo que utiliza el texto de Marcos,
su fecha de composición ha de situarse después del año 70. Tradicionalmente
se ha sugerido que el Evangelio pudo haber sido escrito en Siria,
donde convivía un buen número de judíos y cristianos. Sin embargo,
muchos autores recientes sugieren una composición del Evangelio en
la misma Palestina, debido a que Mateo sugiere un permanente diálogo
crítico con la autoridad de ``los sabios'' (los ``escribas
y fariseos''), es decir, con los nuevos dirigentes del judaísmo tras
la catastrófica destrucción del templo por los romanos. El griego
fluido de Mateo no sería un obstáculo para esta localización, ya que
era frecuente entre algunos círculos de judíos helenistas en Palestina14.
La comunidad de Mateo posiblemente está situada en un contexto urbano.
A diferencia del Evangelio de Marcos, que sólo menciona 8 veces la
palabra ``ciudad'' (pólis), el Evangelio de Mateo la menciona
27 veces, lo cual hace suponer un contexto urbano para su comunidad,
aunque no separado plenamente del medio rural. Es algo que confirman
varias menciones de la plaza del mercado (Mt 11,16; 20,3) o de los
negocios en los que algunos están ocupados (Mt 22,5). Posiblemente,
en la comunidad de Mateo había algunos miembros de las clases más
acomodadas, o incluso de la elite. José de Arimatea, que en el Evangelio
de Marcos es un ``consejero distinguido que esperaba el reinado
de Dios'' (Mc 15,43), en el Evangelio de Mateo es calificado como
``rico'' y como ``discípulo'' (Mt 27,57). En el Evangelio
de Mateo también encontramos, a diferencia de Marcos, menciones más
detalladas de la elite judía y de las clases acomodadas: ancianos,
saduceos, fariseos, escribas, y también publicanos y oficiales del
ejército romano. Esto no quiere decir que todas estas personas se
integraran en la comunidad de Mateo, pero sí que su Evangelio se escribe
en un contexto donde se presta una atención más diferenciada a esos
grupos sociales. Sin embargo, la mayor parte de los miembros de la
comunidad de Mateo pertenecían a las clases bajas. Particularmente
llamativo respecto al Evangelio de Marcos es el aumento de las menciones
de esclavos (doûlos) y siervos (paîs)15. También llama la atención, respecto a Marcos, la mención de las
prostitutas como personas que creyeron en la predicación de Juan y
que, por ello, preceden a los jefes religiosos y civiles en el reinado
de Dios (Mt 21,31-32). Tenemos así una comunidad compuesta por una
mayoría de personas procedentes de las clases bajas, junto con algunos
miembros que procedían de las clases acomodadas. Debido a su aceptación
del mensaje cristiano, la comunidad ocupa una posición marginal respecto
a la sociedad en su conjunto16.
2.2 El nuevo pueblo de Dios
Para entender el modo en que el evangelista Mateo responde al problema
de la pobreza, es necesario entender la perspectiva general de su
obra. Mateo insiste en que en Jesús se han cumplido las promesas de
la Escritura17. Esto marca una diferencia radical entre las comunidades que han
aceptado al Mesías y los dirigentes del judaísmo oficial, que lo han
rechazado, asesinando a Jesús. A los dirigentes de Israel se dirige
primeramente la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,23.33-45).
Mientras que la viña es un símbolo de Israel (Is 5,1-7), los arrendatarios
de la viña representan a sus dirigentes18. La parábola indica que estos dirigentes han pretendido apropiarse
de los frutos del viñedo, en lugar de entregárselos al auténtico propietario,
que no es otro que Dios mismo19. Su usurpación ha llegado hasta el límite de asesinar al hijo del
dueño del viñedo. Por eso, el viñedo les será arrebatado, y será entregado
a un pueblo que todavía no es creyente (éthnos), el cual sí
ofrecerá al Señor los frutos de la misma. De este modo, Dios volverá
a reinar sobre la viña, que no es otra cosa que el Israel originario,
recuperando los frutos que le pertenecían originalmente20.
La constitución renovada del pueblo de Dios exige la repetición de
los acontecimientos fundacionales del mismo Israel. Como una vez el
faraón pretendió destruir a los israelitas matando a los varones recién
nacidos, del mismo modo, Herodes aparece asesinando a los niños inocentes
para tratar de acabar con Jesús. Como su homónimo el patriarca José,
es ahora el padre de Jesús quien salva a su familia llevándola a Egipto.
Mateo comenta estos acontecimientos citando un versículo del profeta
Oseas: ``de Egipto llamé a mi hijo'' (Os 11,1). Sin embargo, ahora
es la tierra de Israel la que desempeña el papel de Egipto, porque
Israel se ha convertido en un lugar de esclavitud y de opresión. La
huida de los opresores es ahora una huida hacia Egipto y, más tarde,
un establecimiento, no en Judea, donde reina el hijo de Herodes, sino
en la ``Galilea de los gentiles'' (Mt 4,15). Lo importante, en
cualquier caso, es que Jesús aparece ocupando el lugar de Israel como
``hijo de Dios''. La renovación de Israel como nuevo pueblo de
Dios se inicia precisamente con Jesús21. Como una vez Moisés en la montaña transmitió la Ley de Dios a su
pueblo, ahora también Jesús, en una montaña, proclama las bienaventuranzas
como carta fundacional del Israel mesiánico, congregado en torno a
Jesús (Mt 4,25-8,1).
2.3 El Israel de los pobres
2.3.1 Los destinatarios de la buena noticia
Las bienaventuranzas de Jesús se dirigen primeramente a los pobres,
a los que se proclama primariamente dichosos, junto a los que sufren,
a los humillados y a los que tienen hambre y sed de justicia (Mt 5,3-6).
Su situación va a ser cambiada radicalmente por la llegada del reinado
de Dios. Dios va a volver a tomar posesión de su propio pueblo, restableciendo
el sentido originario de Israel como un pueblo en el que no debe haber
pobres (Dt 15,4). Así como el Israel originario fue formado a partir
de los oprimidos de Egipto, entre los que se encontraban no sólo los
descendientes de Jacob-Israel, sino también por otras muchas personas
explotadas en Egipto (Ex 12,38)22, del mismo modo el Israel renovado por el Mesías se constituye también
a partir de los más pobres de toda procedencia. Sin embargo, el sentido
de la elección de Israel no era, ni antes ni ahora, la permanencia
en la pobreza, sino todo lo contrario. Lo que se pretendía en el Éxodo
era la formación de un pueblo distinto, en el que no hubiera ni pobreza
ni explotación. Del mismo modo, en el Israel mesiánico de Jesús va
a desparecer también la pobreza y la opresión. Se trata de transformaciones
visibles, que Jesús puede presentar como una buena noticia para los
pobres (Mt 11,5).
¿En qué consisten estas transformaciones? ¿Se trata solamente de la
actividad terapéutica de Jesús, capaz de devolver la vista a los ciegos
y el oído a los sordos? ¿O se trata solamente de noticias de tipo
espiritual, referidas a la salvación de nuestra alma? En estos casos,
no se vería por qué el Evangelio puede ser buena noticia para los
pobres en cuanto tales. De hecho, Mateo cuenta, como todo el cristianismo
primitivo, con unas transformaciones reales en la vida de los pobres.
Es lo que expresa, por ejemplo, el relato de la alimentación de la
multitud, recogido en los cuatro evangelios23. Allí se afirma taxativamente que la alimentación de las multitudes
es tarea de los discípulos (Mt 14,16). A diferencia de lo que sucede
en el Evangelio de Marcos, donde los discípulos entienden esa tarea
de un modo paternalista (Mc 6,37), en el Evangelio de Mateo los discípulos
ya tienen muy claro el modo en que Jesús pretende que las multitudes
sean alimentadas: mediante el compartir. Los discípulos tienen que
poner todo lo que tienen a disposición de la muchedumbre, la cual
se congrega en torno a Jesús para el banquete. Más claramente que
Marcos, Mateo subraya la impotencia de los discípulos para alimentar
a las muchedumbres con los pocos alimentos de los que disponen (Mt
14,17). Y es que el compartir solamente es efectivo cuando se constituye
una nueva comunidad, en la que nadie se reserva nada para sí. Por
eso, el relato de Mateo señala, como ya hacía el libro del Éxodo,
que la nueva sociedad solamente es posible como el milagro de un Dios
que transforma el desierto en un lugar de abundancia (Mt 14,13.19).
2.3.2 La renuncia a los bienes
Como vimos, en la comunidad de Mateo también entraban personas procedentes
de las clases acomodadas. Sin embargo, la pertenencia a la nueva soberanía
de Dios sobre Israel conlleva unas exigencias muy concretas. No es
suficiente ya cumplir la ley de Moisés (Mt 19,17-20), sino que se
necesita cumplir con la justicia renovada de la comunidad mesiánica,
tal como Jesús la ha proclamado en el sermón del monte. Allí se pedía
explícitamente el desprendimiento de las riquezas materiales para
tener riquezas en el cielo (Mt 6,19-21). Es lo que también se le pide
al joven rico que quería seguir a Jesús: ``vende lo que tienes
y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven
y sígueme'' (Mt 19,21). Entrar en a formar parte de la comunidad
mesiánica bajo la soberanía de Dios exige una renuncia a las propiedades.
Y esto significa para los ricos una ruptura con su riqueza. Es interesante
observar que mientras que en el Evangelio de Marcos se señalaba lo
difícil que es para ``los que tienen propiedades'' entrar en el
reinado de Dios (Mc 10,23) , Mateo habla simplemente de lo difícil
que es esta entrada para ``los ricos'' (Mt 19,23). Esto indica
probablemente la distinta situación social de la comunidad de Mateo,
que se relaciona con personas más acomodadas que los grupos a los
que se dirige Marcos24. Sin embargo, a esas personas se les sigue pidiendo lo mismo que
a todos los demás miembros de la comunidad: la renuncia a los bienes
(Mt 19,27).
Es importante observar que Jesús no pide un simple ejercicio ascético
de desprendimiento, sino que enuncia las condiciones de entrada en
una nueva comunidad. Para hacerlo, hay que salir de los lazos económicos,
sociales y familiares en los que se encontraban las viejas seguridades,
para entrar en unos nuevos lazos de solidaridad. Por supuesto, estos
nuevos lazos sociales pretenden ser efectivos, y superar realmente
la pobreza. De hecho, a quienes dejan la propia casa, hermanos, hermanas,
padre, madre, hijos o terrenos se les promete que recibirán cien veces
más, y también la vida eterna (Mt 19,29)25. No se trata de promesas vagas. De hecho, las investigaciones históricas
muestran que las comunidades de Mateo y de Juan, situadas ambas posiblemente
en territorio palestino, se encontraban en una situación económica
más ventajosa que el primer grupo de seguidores de Jesús y también
que la primera comunidad de Jerusalén26. No sabemos concretamente hasta dónde llegaba la solidaridad entre
los miembros de la comunidad de Mateo, ni qué formas económicas concretas
adoptaba27. Tampoco sabemos hasta qué punto los ricos perdían no sólo sus propiedades,
sino también su posición social, debido al ostracismo de una sociedad
que rechazaba al grupo cristiano. Este fenómeno posiblemente era mayor
en la comunidad de Juan que en la de Mateo (Jn 12,42). Lo que sí sabemos
es el sentido en que Mateo entiende las buenas noticias para los pobres:
es la buena noticia del inicio de una nueva comunidad, sobre la que
Dios ejerce su reinado, y la que desaparece la pobreza ya en esta
historia.
Obviamente, el desprendimiento de las riquezas privadas y la solidaridad
entre todos los miembros de la comunidad puede hacer desparecer en
la nueva comunidad tanto la riqueza como la pobreza, al menos en sus
formas más extremas. Sin embargo, esto no hace desaparecer necesariamente
las diferencias de poder y de prestigio en el interior de la comunidad.
De ahí la importancia que en el Evangelio de Mateo tiene el sermón
de Jesús sobre la vida en comunidad (Mt 18,1-35). En él no sólo se
recuerda que el más importante en el reinado de Dios es el que se
humilla y se vuelve como un niño o un siervo (paîs, Mt 18,4),
y no sólo se previene contra la posibilidad de despreciar a los ``pequeños''
de la comunidad (Mt 18,10). También se afirma que la decisión última
sobre los problemas internos le corresponde a la comunidad en su conjunto
(Mt 18,15-22), y se dan instrucciones muy concretas sobre la manera
en la que se ha de alcanzar la reconciliación (Mt 18,15-35). A Mateo
le preocupa la posibilidad de que en la comunidad mesiánica, renovada
por Jesús, aparezcan de nuevo las diferencias sociales, aunque sea
simplemente como diferencias de poder y prestigio (Mt 20,25-28). Por
ello previene contra la utilización de títulos como el de ``maestro'',
``guía'' o ``padre''. La comunidad mesiánica es una fraternidad,
en la que todos los miembros son hermanos, de modo que sólo
Dios es Padre, y sólo Cristo es el guía (Mt 23,8-10).
De esta manera, las bienaventuranzas adquieren un sentido muy concreto.
Si las entendiéramos como referidas a todos los pobres, resultan difícilmente
comprensibles, porque no se ve de ninguna manera en la historia que
los que sufren sean consolados, que los humillados hereden tierras,
ni que los que tienen hambre y sed de justicia queden satisfechos.
La tentación fácil entonces es la espiritualización de las bienaventuranzas,
convirtiéndolas en un mensaje sobre el más allá. Pero el mensaje de
Jesús se refiere a los pobres reales. Ciertamente, no todos los pobres
son consolados, ni heredan tierras, ni sus demandas de justicia se
satisfacen. Lo que vemos en la historia cotidiana es todo lo contrario:
los pobres son humillados, despojados de sus tierras y privados de
toda justicia. Sería un insulto proclamar ``dichosas'' a esas
personas28. Sin embargo, hay unos pobres muy concretos que a los que sí se puede
llamar ``dichosos'' en un sentido histórico muy concreto, libre
de toda mistificación espiritualista. Son los pobres que entran a
formar parte de la comunidad mesiánica. Ellos se sitúan bajo la soberanía
del reinado Dios (Mt 5,3), son consolados (Mt 5,4), heredan la tierra
prometida (Mt 5,5) y sus ansias de justicia son satisfechas (Mt 5,6).
A ellos se unen los compasivos, los de corazón limpio, y los que trabajan
por la paz, formándose así una nueva sociedad de hermanos y hermanas,
en la que desaparece la pobreza, la injusticia, la violencia y la
opresión. Las bienaventuranzas se pueden ver, y son bienaventurados
los que las ven (Mt 13,16).
2.3.3 La perspectiva universal
Podría pensarse que estamos aquí ante un aislacionismo o un sectarismo
de algún tipo, según el cual solamente sería importante la mejora
de la situación de unos pocos. Sin embargo, no es esto lo que afirma
el texto bíblico. La perspectiva bíblica no se olvida de la suerte
de todos los pobres. Sin embargo, la liberación de los pobres,
por ser histórica, adquiere necesariamente una forma particular y
concreta. Es una dinámica inserta en la historia de la salvación desde
la elección de un nómada muy determinado, Abraham, para bendecir en
desde su grupo a todas las familias de la tierra (Gn 12,3). La superación
de la pobreza comienza necesariamente en algún lugar concreto del
espacio y del tiempo histórico. Y este lugar es precisamente la comunidad
mesiánica del Israel renovado. Esta comunidad no permanece aislada,
sino que tiene una misión universal. Ante todo, ella está llamada
a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-16), mostrando a toda
la humanidad una alternativa distinta y viable. En la Escritura hebrea,
esta alternativa estaba destinada a convertirse, en los tiempos mesiánicos,
en un centro mundial de atracción, al que peregrinarían todos los
pueblos de la tierra, pasando a formar parte de la comunidad de Israel
(Is 2,1-5, etc.). En el Evangelio de Mateo, esta perspectiva en cierto
modo se invierte. Son más bien los discípulos los que se dispersan
por toda la tierra, haciendo discípulos de todas las naciones (Mt
28,19-20).
A lo largo de la historia, la comunidad mesiánica permanece como una
comunidad que no se identifica con el conjunto de la sociedad, sino
que representa una alternativa a la misma. Ella no impone a nadie
la nueva justicia, ni ejerce la violencia para lograr una sociedad
distinta. El único modo de conseguir esa sociedad distinta es por
la incorporación libre de las personas a ella (Mt 19,22). Sin embargo,
la comunidad mesiánica no permanece ajena a la suerte de los pobres
que no son parte de la comunidad. Los destinatarios de los bienes
a los que los discípulos renuncian son los pobres (Mt 19,21), y no
los miembros de la comunidad cristiana, los cuales posiblemente ya
no viven en una pobreza extrema (ptokhós). Además, la comunidad
fraterna no sólo se preocupa de los propios miembros, como hacen los
paganos, sino que también está abierta a los que no son hermanos (Mt
5,47). Sin embargo, en el trasfondo universal de la pobreza hay unos
``pobres en el Espíritu'' que representan la alternativa de una
nueva forma de sociedad.
Ahora podemos entender concretamente el sentido de la expresión de
Mt 5,3: ``bienaventurados los pobres tô pneúmati''. No
se trata simplemente de una pobreza espiritual, como simple desprendimiento
interior de las riquezas, que deja todo igual en el exterior. Tampoco
se trata solamente de ``pobres con espíritu'', en el sentido de
pobre más animosos y organizados; ni de los ``pobres de espíritu''
de Qumrán (1QM 14,3.7), en el sentido de una marginalización forzada
por el rechazo del judaísmo oficial. Pero se trata de algo más que
los anawim que lo esperaban todo de Dios (Sal 40,18). Se trata
de pobres que no sólo esperan todo de Dios, sino que ya reciben de
Dios el consuelo, la tierra prometida y la satisfacción de sus ansias
de justicia. Son los pobres que, ``con el Espíritu'', han recibido
de Dios una nueva comunidad en la que desaparecen la pobreza y la
opresión. Se trata de una comunidad que está precisamente posibilitada
por el Espíritu que por medio de Jesús ha sido entregado a todos sus
seguidores (Mt 3,11; 10,20). Por eso van a dejar de ser pobres, al
menos en el sentido más extremo de la expresión (ptokhós).
Pero siguen siendo ``pequeños'' (Mt 10,42; 11,11; 13,32; 18,6.10.14),
y ``sencillos'' (Mt 11,25; 21,16) porque ellos representan ante
la humanidad aquello que Dios quiere hacer con todos los pobres de
la tierra. Por eso pueden ser objeto de la ira y de las persecuciones
de los más poderosos (Mt 5,11).
En cualquier caso, los pobres tienen, en el Evangelio de Mateo, una
esperanza. Es la misma esperanza que les promete todo el cristianismo
primitivo. Se trata del inicio del reinado de Dios ya en esta tierra.
Este reinado de Dios no se ejerce primeramente en las nubes ni en
las almas, sino sobre un pueblo concreto en la historia. Es el pueblo
de los que tienen a Cristo por rey (Mt 25,34.40). El que Dios, en
Cristo, se acerque para reinar significa que Dios va a ejercer la
soberanía sobre su pueblo, renovándolo y apartando a los malos guías,
que lo han llevado al desastre (Ez 34). Por eso mismo, el reinado
de Dios es una buena noticia para los pobres. El reinado de Dios significa
el final de la pobreza y la opresión. La esperanza de los pobres,
en esta perspectiva, no se dirige hacia lo que algunos ``bienhechores''
puedan hacer por ellos. La esperanza de los pobres se dirige al hecho
de que Dios, desde abajo y desde ahora, ha iniciado en la historia
de la humanidad una sociedad distinta, en la que se satisface el hambre
y la sed de justicia, en la que las tierras y las propiedades son
compartidas, y en la que todos los sufrimientos son consolados. Las
persecuciones y las estrecheces que se siguen experimentando en la
historia no eliminan esa buena noticia fundamental: los pobres en
el Espíritu reciben el reinado de Dios, porque ellos constituyen el
pueblo sobre el que Él mismo reina.
3 La esperanza en Mt 25,31-46
Llegados a este punto, podemos tratar ya de entender, con más amplitud
de miras, cuál es el posible significado de la escena del juicio final29, y cómo ella puede articular esperanzas concretas para los pobres
de este mundo.
3.1 Los destinatarios del juicio
3.1.1 Las naciones en la hora final
Según el texto de Mateo, los destinatarios del juicio son ``las
naciones'' (Mt 25,32). En el lenguaje de Mateo, las ``naciones''
(éthnos) se refieren siempre a los pueblos no-creyentes,
a diferencia del pueblo de Israel. Incluso la designación ``Galilea
de los gentiles'' (Mt 4,15) alude probablemente a su situación geográfica
(Is 8,23-9,1), al papel desempeñado en la historia por el reino del
Norte y a la influencia del paganismo en aquella región. La entrega
del reinado de Dios a un éthnos distinto de Israel (Mt 21,43)
se hace precisamente en contraposición con Israel. El texto se refiere
a la crisis de Israel como pueblo de Dios y a la entrada de los antiguos
gentiles en el nuevo pueblo de Dios. Todos los demás textos no dejan
dudas al respecto: las ``naciones'' son los pueblos no creyentes30.
A ello hay que añadir argumentos que provienen del contexto en el
que el evangelista ha situado nuestro relato. La escena del juicio
de las naciones aparece tras una serie de exhortaciones y parábolas
en las que Mateo alude a la actitud con la que los miembros de la
comunidad mesiánica del Israel renovado han de esperar la segunda
venida del Mesías (Mt 24,32-25,30). Los creyentes son descritos como
esclavos (doûlos) que esperan la llegada de su Señor (Mt 24,45-50;
25,14-30), o como doncellas que en un harén oriental esperan la llegada
del novio (Mt 25,1-13). Las resonancias sociales son muy distintas
de las que sugieren las naciones juzgadas en Mt 25,31-46. Las doncellas
y los esclavos son personas en situación de dependencia, y la exhortación
``social'' se dirige primeramente a tratar bien a los propios
compañeros de esclavitud (syndoûlos). Si estas parábolas reflejan
de alguna manera el origen social del que provienen los miembros de
la comunidad de Mateo, el contraste con las capacidades económicas
y sociales de los miembros de las ``naciones'' es notorio. Si
lo que se refleja no es un origen social pasado, sino la nueva situación
de quienes no tienen más amo que a Cristo (Gl 1,10), lo que resulta
claro es que estos esclavos saben perfectamente quién es el Señor
al que están esperando, y lo reconocen cuando llega, a diferencia
de lo que sucede con los miembros de las ``naciones'', que lo
ignoran todo sobre Cristo y su mensaje (Mt 25,37.44).
3.1.2 Los creyentes en la hora final
En realidad, el Evangelio de Mateo ha previsto otra situación distinta
para los miembros de la comunidad mesiánica en el momento final de
la historia. En palabras de Jesús: ``os aseguro que vosotros, los
que me habéis seguido, en la nueva creación, cuando el hijo del hombre
se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce
tronos para juzgar a las doce tribus de Israel'' (Mt 19,28). Los
miembros de la comunidad mesiánica están sentados junto con Jesús
en el juicio. Se trata del juicio de Israel, sobre el que pesa su
rechazo del Mesías. El criterio para juzgar a las doce tribus no es
otro que la comunidad mesiánica, en la que se ha renovado la herencia
más auténtica de Israel. Pero, propiamente, la comunidad mesiánica
no es juzgada ni en el juicio de Israel ni en el juicio de las naciones.
Lo único que se le pide es que se mantenga como verdadera comunidad
del Mesías. Es decir, que no deje de esperar la vuelta de su Señor
(Mt 25,5), que administre diligentemente los recursos que el Señor
le ha confiado (Mt 25,26-27), y que no permita la aparición en el
seno de la comunidad de comportamientos que son impropios de la nueva
sociedad (Mt 24,49).
Es interesante observar la diferencia entre el destino de los condenados
en Mt 25,31-46 y el destino de aquellos miembros de la comunidad mesiánica
que no esperan correctamente la llegada de su Señor. Los miembros
de las ``naciones'' que no han dado comida al hambriento, bebida
al sediento, o morada al peregrino son arrojados ``al fuego eterno,
preparado para el diablo y sus ángeles'' (Mt 25,41.46). En cambio,
las doncellas que han dejado de esperar a su novio, simplemente se
quedan fuera de la cámara nupcial (Mt 25,11-12), y los criados que
no han administrado diligentemente los recursos que el Señor les ha
entregado son arrojados a las tinieblas exteriores, donde será el
llanto y el crujir de dientes (Mt 25,30). En el caso del criado puesto
al frente de la servidumbre, se señala además que participará en el
destino de los ``hipócritas'' (Mt 24,51). Esto puede sugerir una
asociación con el destino de los falsos guías de Israel, a los que
se designa siempre con este término31, puesto que en el fondo su pecado es el mismo. Tanto unos como otros,
por su afán de poder, habrían convertido lo que tenía que ser una
comunidad alternativa en una sociedad como las demás, caracterizada
por la inhumanidad y la dominación.
Sin embargo, en ninguno de estos casos se habla propiamente de un
castigo eterno (Mt 25,46), sino más bien de una expulsión. La imagen
empleada es la de quedar fuera de una fiesta nupcial, o la de ser
arrojado fuera de un lugar luminoso. De hecho, estamos ante la misma
disciplina que Mateo ha previsto para la comunidad cristiana en su
historia. Cuando un miembro no escucha las reprensiones de los otros
hermanos, ni las reprensiones de la comunidad de hermanos en su conjunto,
simplemente pasa a ser considerado como un pagano o un publicano,
es decir, como una persona que no forma parte de la comunidad mesiánica
(Mt 18,17). En este sentido, la disciplina de Dios se identifica con
la disciplina de la propia comunidad (Mt 18,18). Sin embargo, esta
expulsión de la comunidad no significa un castigo eterno. Cuando el
joven que quería seguir a Jesús le pregunta qué tiene que hacer para
alcanzar la vida eterna, Jesús le responde con una síntesis de los
mandamientos mosaicos: no matar, no cometer adulterio, no robar, no
levantar falso testimonio, honrar a los padres, y amar al prójimo
como a uno mismo (Mt 19,18; cf. 7,12). En ningún caso se le dice que
la pertenencia a la comunidad del Mesías sea una condición para alcanzar
la vida eterna. Renunciar a seguir a Jesús es renunciar a la plenitud
o perfección, pero no necesariamente a la salvación (Mt 19,21).
El destino de los miembros de la comunidad mesiánica es, por tanto,
claro. Ellos pasarán a celebrar la fiesta de bodas con el novio, cuando
éste venga. El texto da por supuesto que los miembros de la comunidad
mesiánica se preocupan por los pobres: precisamente ellos han renunciado
a todos sus bienes en beneficio de los pobres. Pero no todos forman
parte de esa comunidad. Están los judíos que no han seguido al Mesías,
tal vez por apego a sus riquezas32. Están también aquellos falsos miembros de la comunidad, que serán
expulsados de la misma por el Señor a su venida. Y están finalmente
todos los pueblos paganos. De éstos, y no de los cristianos, es de
quienes nos habla Mt 25,31-46. Los que no pertenecen a la comunidad
mesiánica serán juzgados según su actitud hacia ``los hermanos
más pequeños'' de Jesús (Mt 25,40). ¿Quiénes son estos hermanos más
pequeños?
3.2 Los hermanos pequeños de Jesús
3.2.1 Los hermanos pequeños son la comunidad mesiánica
Comencemos analizando una frase crucial, aquella en la que Jesús afirma:
``en verdad os digo que en cuanto se lo hicisteis a uno de estos
mis hermanos más pequeños (henì toùton tôn adelphôn mou tôn
elakhíston), a mí me lo hicisteis'' (Mt 25,40). ¿Qué significan
exactamente estas palabras?
El término ``hermano'' (adelphós) o ``hermana'' tiene
en Mateo dos significados posibles. Por una parte, el término puede
aludir simplemente a la relación familiar de personas con una misma
ascendencia33. Por otra parte, el término ``hermano'', se utiliza, al igual
que en Antiguo Testamento, para designar a los miembros del pueblo
de Dios, en el que se han establecido unas nuevas relaciones fraternas34. Los miembros de la comunidad mesiánica han roto sus vínculos familiares
y han pasado a formar parte de una nueva fraternidad, en la que todos
son hermanos y hermanas, hijos e hijas de un único Padre.
Es muy importante observar que, en esta comunidad fraterna, Jesús
mismo aparece designando a los demás discípulos ``mis hermanos''
(toîs adelphoîs mou, Mt 28,10), por más que sea también
el ``guía'' de todos ellos (Mt 23,10). Cuando a Jesús le advierten
de la presencia de su madre y de sus hermanos, extiende la mano ``hacia
sus discípulos'' y dice: ``He aquí a mi madre y mis hermanos''
(Mt 12,49). El que estos hermanos de Jesús aparezcan caracterizados
como aquéllos que cumplen la voluntad del Padre (Mt 12,50), no pretende
en principio extender la fraternidad a todas las personas que llevan
una vida ética en cualquier lugar del mundo. Más bien contrapone la
situación de la comunidad de los discípulos de Jesús con la de un
entorno que no ha cumplido la voluntad de Dios, a pesar de sus pretensiones
retóricas de hacerlo (Mt 7,21). La comunidad de Jesús, en la que hay
incluso prostitutas y publicanos, ha cumplido la voluntad de Dios,
mientras que el resto de Israel no lo ha hecho (Mt 21,31). Y es que
la ``voluntad de Dios'', en el lenguaje de Mateo, designa precisamente
el plan divino de salvación (Mt 26,42; 6,10), y no simplemente el
cumplimiento de unas normas éticas generales. En este plan divino
de salvación desempeña un papel esencial la comunidad mesiánica, en
la que se inicia una nueva humanidad, libre de la injusticia y la
dominación. Precisamente por eso, la ``voluntad de Dios'' aparece
expresamente vinculada al hecho de que no se pierda ninguno de los
``pequeños'' miembros de la comunidad (Mt 18,14).
La designación de estos hermanos como ``los más pequeños'' o ``los
más insignificantes'' (elákhistos) apunta en principio en
la misma dirección. El Evangelio de Mateo comienza señalando que Belén,
``la más insignificante de las ciudades de Judá'' (Mt 2,6), será
precisamente el ámbito en el que se inicia la salvación. Y es que
el reinado de Dios comienza como ``la más pequeña'' (mikróteron)35 de las semillas (Mt 13,32). Por eso no es extraño que Mateo utilice
el término ``pequeños'' (míkros) para designar a los discípulos
de Jesús (Mt 10,42). Se trata, en este caso, de una designación de
los discípulos en cuanto tales, y no de un sector de la comunidad.
Es cierto que, en el sermón sobre la vida en comunidad, Mateo utiliza
varias veces el término ``pequeño'' para designar al sector más
débil de la comunidad (Mt 18,6.10.14), y no a la comunidad en su conjunto.
También lo hace, en un sentido semejante, para afirmar que el más
pequeño en el reinado de Dios es mayor que Juan el Bautista (Mt 11,11).
En todos estos casos, Mateo utiliza material común a los sinópticos,
que puede servir de advertencia sobre la aparición de diferencias
de status entre los discípulos.
De hecho, también Lucas percibe la comunidad de Jesús como un grupo
pequeño, un ``pequeño rebaño'' (Lc 12,32). Sin embargo, lo que
sí es característico de Mateo es la percepción de todos los discípulos
como unos ``pequeños'' por los que, sin embargo, van a ser juzgados
todos los que no pertenecen a la comunidad mesiánica. Es lo que nos
dice explícitamente Mateo, ya mucho antes de la escena del juicio:
``El que os recibe a vosotros, a mí me recibe, y el que me recibe
a mí recibe al que me envió... Cualquiera que da a uno de estos pequeños
un vaso de agua fría porque es mi discípulo, de cierto os digo que
no perderá su recompensa'' (Mt 10,40.42). No se trata aquí de los
más débiles de la comunidad, sino de un discurso que en principio
va destinado a los doce (Mt 10,5), aunque progresivamente se va extendiendo
a toda la comunidad (Mt 10,26-39). De este modo, la comunidad de ``estos
pequeños'' se convierte en el Evangelio de Mateo en criterio para
juzgar a los que no pertenecen a ella. Algo perfectamente coherente
con lo que se afirma en el juicio final: ``lo que hicisteis a uno
de estos mis hermanos pequeños a mí me lo hicisteis'' (Mt 25,40)36.
Así se entiende finalmente que los pequeños sean designados con un
``éstos''. Los que han dejado todo y han seguido a Jesús no están
ausentes del juicio, sino que están presentes en él (Mt 19,28). Se
trata de una presencia crucial, porque la comunidad mesiánica es constituida
en el criterio con el que serán juzgadas las naciones paganas. Y,
sin embargo, ella no es el criterio único. Es lo que hemos de ver
a continuación.
3.2.2 Los hermanos pequeños no son sólo la comunidad mesiánica
Las actuaciones de los paganos ``justos'' (Mt 25,37) que aparecen
en el relato de del juicio consisten en atender las necesidades de
los ``hermanos más insignificantes'' de Jesús. Es interesante
observar que, aunque la terminología de Mateo parece referirse ante
todo a los miembros de la comunidad mesiánica, las actuaciones de
los paganos no parecen regirse por ese criterio. Los paganos, como
hemos visto, lo ignoran todo sobre el mensaje de Jesús. Ellos parecen
desconocer incluso la existencia de una comunidad mesiánica. Al menos,
cuando atienden a los hambrientos, sedientos, desnudos, forasteros
y encarcelados, no parecen hacerlo porque estas personas sean discípulos
de Jesús. A diferencia de lo que sucede con el vaso de agua que se
da a ciertas personas solamente porque son discípulos de Jesús (mónon
eis ónoma mathetoû, Mt 10,42), los paganos del relato del juicio
parecen ignorar que estas personas sean discípulos de Jesús. La motivación
de sus obras justas parece ser simplemente la compasión ante
el sufrimiento de los demás, y no el que las personas a las que ayudan
sean o dejen de ser discípulos de Jesús37.
Esto pudiera estar sugerido por el texto en dos momentos. Por una
parte, cuando se habla de ``uno de estos mis hermanos más pequeños'',
el término griego para ``uno'' (hení) no indica la unidad
numérica, sino que tiene, como en castellano, el sentido de ``uno
cualquiera''38. Como hemos dicho, el resto de la terminología (``mis hermanos''
y ``pequeños'') apunta más claramente a los miembros de la comunidad
de Jesús. Pero es interesante observar que, cuando el texto se refiere
a los ``malditos'' (Mt 25,41) que no se han solidarizado con los
necesitados, Jesús ya no se refiere a estos últimos como ``mis
hermanos más pequeños'' (Mt 25,40), sino simplemente como ``los
más pequeños''. Literalmente Jesús dice: ``cuanto no hicisteis
a uno (cualquiera) de estos más pequeños, tampoco me lo hicisteis
a mi'' (Mt 25,45). Pareciera haber entonces en el texto una tendencia
a la universalización de una terminología que, en principio, se refiere
a los miembros de la comunidad de Jesús.
Esta universalización no es incoherente con ciertas afirmaciones recogidas
en el Evangelio de Mateo. Así, por ejemplo, en pleno sermón del monte,
Jesús resume la Torá de Israel de la siguiente manera: ``todo lo
que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo vosotros por
ellos, porque esto es la Ley y los profetas'' (Mt 7,12). Formulaciones
semejantes se encuentran en las más diversas tradiciones religiosas
de la humanidad, incluyendo el Udanavarga del budismo, el Mahabharata
del hinduísmo y las Analectas confucianas. También aparece ya en los
libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento (Tob 4,15) y en el
Talmud. Posiblemente Jesús le da un sentido más positivo a esta máxima
cuando no sólo prohibe hacer a los demás lo que no queremos que ellos
nos hagan, sino que también exhorta hacer por ellos lo que quisiéramos
que ellos hicieran por nosotros. Ya vimos también que cuando el joven
rico le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para conseguir la vida
eterna, la respuesta contiene un resumen de algunos preceptos éticos
fundamentales de la ley (Mt 19,18-19). Ciertamente, este resumen incluye
algún elemento característico del judaísmo, como es el amor al prójimo
como a uno mismo. Sin embargo, en ambos casos nos encontramos con
planteamientos que podrían ser accesibles en buen grado a una ética
filosófica independiente de la revelación. En último término, se trataría
de actuaciones que adoptan la perspectiva del otro, poniéndose en
su lugar, y saliendo de los propios intereses y categorías39.
Y esto precisamente es lo que hacen los paganos cuando se solidarizan
con los necesitados. A ellos no se les está juzgando por su actitud
respecto a una comunidad cuya importancia desconocen, sino por su
actitud respecto a todos los pequeños e insignificantes del mundo,
sean o no creyentes. Sin embargo, es importante observar que estas
personas no están siendo juzgadas en función de un catálogo de normas
éticas. El criterio último del juicio es su actitud respecto a Jesús,
por más que este criterio haya permanecido oculto para los paganos
hasta el final de los tiempos. Cuando los paganos ayudaban a los necesitados,
no pretendían justificarse a sí mismos cumpliendo unos preceptos éticos,
sino que simplemente ayudaban a unas personas sin esperar una recompensa
a cambio (Mt 5,46; Lc 14,12). Desde el punto de vista de la fe cristiana,
Jesús ha sufrido en la cruz el destino de todos los pobres, enfermos
y marginados, aparentemente rechazados por Dios (Mt 27,46). La identificación
de Dios con Jesucristo significa por tanto no sólo una oferta de perdón
para todos los pecadores, sino también una solidaridad de Dios con
todos los aparentemente abandonados por él en la historia. Precisamente
por ello, el encuentro desinteresado con los pobres es un encuentro
con el mismo Cristo. De este modo, los paganos pueden ser llamados
``justos'' (Mt 25,37.46), con un término normalmente usado por
Mateo para designar a los creyentes40 o al mismo Jesús (Mt 27,19). Habiendo encontrado a Jesús entre los
pobres, los paganos quedan situados, al igual que la comunidad mesiánica,
bajo la soberanía del reinado de Dios, que también les pertenece (Mt
25,34).
Este encuentro de Cristo en los pobres no implica, sin embargo, una
identidad entre Cristo y los pobres, que permitiera reducir el Evangelio
a una ética de la caridad con los necesitados: ``siempre tenéis
a los pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis'' (Mt 26,11).
En Cristo se juega algo más importante que el mero cumplimiento de
unos preceptos éticos. En Cristo la humanidad ha recibido la posibilidad
de ser liberada de la vana pretensión de autojustificación, rompiéndose
así la raíz última de toda pobreza y de toda dominación. La pobreza,
en el Evangelio, no es idealizada ni mistificada. Ella sigue siendo
una condición inhumana, no deseada por Dios, y que ya comienza a ser
superada en la comunidad de los discípulos. Pero esta comunidad no
es resultado de los esfuerzos humanos, sino una nueva creación, posibilitada
por Dios mediante la fe. Por eso mismo, lo decisivo, tanto para los
paganos como para los cristianos, es el encuentro con Cristo. Los
cristianos se encuentran con Cristo cuando lo dejan todo para seguirle
en la comunidad de sus discípulos, para esperarlo diligentemente a
lo largo de la historia. Los paganos se encuentran con Cristo en su
solidaridad con todos aquellos con los que Dios mismo se ha solidarizado
a través de Jesús. Cristo es el criterio universal de la salvación,
tanto para los cristianos como para las naciones.
Sin embargo, a Cristo no se le encuentra entre las nubes. Se le encuentra
en la comunidad de los hermanos de Jesús y se le encuentra también
entre los más insignificantes, aunque no pertenezcan a esa comunidad
de hermanos. No se trata de dos mediaciones distintas, heterogéneas
entre sí. Como vimos, la comunidad mesiánica representa en la historia
aquello que Dios quiere hacer con toda la humanidad para responder
a la pobreza y a la opresión, y que es precisamente la formación de
un pueblo fraterno sobre el que pueda ejercer su reinado de justicia
y de paz. Por eso, precisamente, hay una continuidad entre todos los
pobres de la tierra y la comunidad mesiánica de los discípulos de
Jesús. En esa comunidad se hace visible para todos la solidaridad
de Dios con todos los pobres. Precisamente porque existe una
comunidad de hermanos de Jesús, entre los que ya se superan la pobreza
y la opresión, es posible proclamar a todas las naciones que Jesús
se ha hecho hermano de todos los pequeños, y que quiere acabar con
su aflicción. Una solidaridad de Dios con los pobres que no se tradujera
en una superación ya visible de la pobreza, nos dejaría en una cruz
sin resurrección, y por tanto no habríamos salido del terreno de la
utopía y de las buenas intenciones. La prueba de que el Mesías ha
resucitado y ejerce la autoridad del reinado de Dios consiste precisamente
en que la fraternidad que él inició en Galilea se convierte ahora
en un proyecto de transformación válido para todas las naciones (Mt
28,16-20).
3.3 La esperanza de los pobres
A mi entender, esta interpretación de Mt 25,31-46 no sólo es más fiel
al texto bíblico, sino que es también capaz de vehicular más esperanzas
para los pobres. Sin duda, nuestro texto nos habla de una solidaridad
de Cristo con todos los pobres, de quienes se ha hecho hermano al
asumir su destino mediante su vida y su muerte. En este sentido, nuestra
interpretación puede anunciar a los pobres, al igual que el ``constantinismo
humanista'', la solidaridad de Jesús con ellos. Sin embargo, nuestra
interpretación puede añadir algo esencial. Y es que la fraternidad
de Jesús con todos los pequeños de la tierra no es meramente invisible,
intencional o metafísica. Tampoco es una fraternidad que se haga visible
primeramente en la solidaridad de ciertas personas que se comprometen
con los pobres. Todo esto no haría más que legitimar nuevas formas
de dominación. La fraternidad de Jesús con los pobres no es invisible.
Pero el lugar donde esa fraternidad se hace visible es en la comunidad
mesiánica de los hermanos de Jesús, pues precisamente en ella es donde
se ha iniciado efectivamente la superación de la injusticia y de la
opresión. Y esta fraternidad sí puede proporcionar a los pobres una
esperanza muy concreta: la esperanza en un mundo sin pobreza ni dominación.
Esta esperanza se dirige a todos los pobres, también a los que no
son creyentes. Ellos pueden ver ya en la historia presente la realidad
de una forma de organización humana en la que no hay opresión ni pobreza.
Sin embargo, la fe hace una diferencia. Porque la fe no es un proceso
puramente interior, sino que implica una transformación radical de
la praxis humana, incluyendo la incorporación a una nueva red de relaciones
sociales. Se trata de relaciones sociales en las que ya no rige la
autojustificación, las utilizaciones mutuas, la competencia, la violencia
o la venganza, sino la confianza, la igualdad, la paz y el perdón.
Desde el punto de vista bíblico, esto solamente es posible mediante
una intervención de Dios en la historia. Pero se trata de una intervención
abierta a todos por el Espíritu, y que tiene lugar donde dos o tres
se reúnen para vivir como hermanos de Jesús. Solamente entonces la
superación de la pobreza es algo más que una estrategia cooperativa
de transformación social, destinada a distanciarse progresivamente
de los pobres. La obra del Espíritu es la que permite que la nueva
comunidad de los hermanos de Jesús siga permanentemente abierta a
los pobres, y siga siendo una buena noticia y una posibilidad concreta
para ellos.
Desde esta perspectiva, el texto que comentamos nos añade una fuente
adicional de esperanza. En él, Cristo aparece como rey glorioso que
se sienta en su trono para juzgar a las naciones (Mt 25,31-46). En
el Evangelio de Mateo, Dios ha sido presentado como el gran Rey, sentado
en un trono (Mt 5,34-35), cuyo reinado sobre su pueblo está siendo
restablecido. Jesús es presentado en ocasiones explícitamente como
rey (Mt 2,2; 21,5). Sin embargo, su reinado va a ser impugnado por
los poderosos de este mundo, y durante su pasión el título real de
Jesús se va a convertir en motivo de burla y de escarnio por parte
de los romanos, es decir, de las naciones (Mt 27,29.37), y también
por parte de los dirigentes judíos (Mt 27,42). La escena del juicio
final nos presenta, en cambio, a un rey glorioso, que juzga sobre
las naciones. Desde el punto de vista de la comunidad de los hermanos
pequeños de Jesús, este texto es sin duda un motivo de esperanza.
Porque lo que nos está diciendo es que el reinado aparentemente débil
de Jesús, el crucificado, sobre su pequeño pueblo va a convertirse
finalmente en un reinado sobre todo la humanidad, libre ya de la pobreza
y la opresión. Los otros reinados de la historia, en los que rigen
la dominación y la desigualdad, están destinados a ser superados y
a desaparecer. En ese sentido, la comunidad mesiánica de los pequeños
hermanos de Jesús no es en realidad la más insignificante de la sociedades
del mundo (cf. Mt 2,6), sino que en su pequeñez contiene el secreto
último de la historia humana. En ella se juega la esperanza y la salvación
de la humanidad entera.
Es importante observar que el reinado de Jesús sobre la humanidad
y sobre su pueblo es un reinado compartido. Los miembros de su comunidad
aparecen reinando junto con Cristo en doce tronos (Mt 19,28). No sólo
eso. También los paganos son admitidos, al final de los tiempos, en
un reinado destinado a ellos desde la fundación del mundo (Mt 25,34).
Jesús, el heredero de su reinado, no se lo guarda para sí, sino que
lo comparte con sus discípulos y con todos los justos41. El reinado de Jesús es un reinado en igualdad y en fraternidad,
en el que Jesús mismo es un hermano, y que se hace visible ya en la
historia en la comunidad mesiánica de sus discípulos. La esperanza
de los pobres está presente, por tanto, en la historia humana, desde
ahora y desde abajo. Ella no depende de unos bienhechores que se autolegitiman
mediante la solidaridad que ejercen con los necesitados. El Evangelio
anuncia a los pobres la buena noticia de que ya desde ahora es posible
una salida a la pobreza, por más que esa salida esté todavía amenazada
por los poderosos de este mundo, y sometida por tanto a las persecuciones.
Pero la comunidad de los hermanos pequeños de Jesús sabe que en ella
ya se ha iniciado, por medio de Cristo, el reinado de Dios sobre toda
la humanidad.
4 Conclusión: humanismo y cristianismo
Lo que la fe cristiana propone es, por lo tanto, algo más radical
que un simple humanismo. Las propuestas humanistas de solidaridad
quedan integradas en la propuesta cristiana. Se trata de aquellas
obligaciones éticas racionales que nos abren a la perspectiva del
otro y a sus demandas de justicia. El sermón del monte incluye explícitamente
la llamada ``regla de oro'', y además lo hace en una formulación
positiva, que no sólo prohibe hacer a los demás lo que no queremos
que ellos nos hagan a nosotros, sino que exhorta a hacer a los demás
lo que queremos que ellos hagan con nosotros (Mt 7,12). Los discípulos
de Jesús están llamados a hacerse ``prójimos'' de todos los necesitados
(Lc 10,36-37), y no sólo de los miembros de la propia comunidad (Mt
5,46-47). Y esto se concreta en una serie de actividades en las que
los cristianos se pueden encontrar con los no creyentes, y que van
desde la beneficencia hasta la actividad política.
Sin embargo, la ética del Evangelio abre perspectivas más radicales.
El creyente es invitado a hacer por los pobres algo más que lo que
propone cualquier ética humanista. El creyente es invitado justamente
a creer en las palabras de Jesús, renunciando a los propios bienes
e iniciando una nueva forma de vida en comunidad fraterna con los
hermanos pequeños de Jesús. Los cristianos ricos y poderosos tienen
que optar entre medirse a sí mismos por una ética general accesible
a todos los seres humanos, para finalmente ser juzgados con el mismo
criterio que las naciones, o integrarse en una comunidad en la que
ya desde ahora rigen la igualdad y la fraternidad. Desde el punto
de vista cristiano, esto último es lo que realmente transforma al
mundo en profundidad.
Y es que la relación entre la fe cristiana y la ética humanista no
es sólo de integración y de transcendencia. Es también una relación
crítica. La ética cristiana detecta una posible insuficiencia en las
convocaciones humanistas al compromiso con los pobres. Desde el punto
de vista cristiano, el humanismo no toca la raíz última de los males
humanos, que no es en definitiva otra que la pretensión humana de
autojustificación, fundada en último término en la falta de fe. Por
eso mismo, la solución humanista a los males de la humanidad nunca
es, desde el punto de vista cristiano, suficientemente radical. De
ahí que el humanismo esté permanentemente amenazado por la tendencia
a reproducir los males que critica. Unas estructuras de dominación
son sustituidas por otras.
Sin embargo, la crítica cristiana al humanismo solamente puede ser
eficaz y verosímil cuando el cristianismo puede mostrar, en la realidad
de la historia, la existencia de comunidades en las que de hecho se
supera la pobreza y la dominación. Posiblemente hay que afirmar que
tales comunidades nunca dejaron de aparecer en los dos milenios de
historia del cristianismo42. Sin embargo, la identificación constantiniana de la iglesia con
el conjunto de la sociedad implicó necesariamente la tendencia a identificar
la ética cristiana con la ética general de la sociedad. En ese contexto,
no es extraña la identificación del cristianismo con los valores generales
del humanismo pagano. El problema, obviamente, no está en la coincidencia
de muchas aspiraciones cristianas con las aspiraciones de cualquier
humanismo. El problema está en la pérdida de la radicalidad de la
ética cristiana, que conlleva necesariamente la incapacidad del cristianismo
para mostrar, en la historia, la eficacia y la posibilidad de otra
forma de vida.
Posiblemente, el siglo XXI sea, desde este punto de vista, un ámbito
para la esperanza. De hecho, el constantinismo solamente ha comenzado
a resquebrajarse, en muchos lugares del mundo, a lo largo del siglo
XX. Este resquebrajamiento ha supuesto, sin duda, una crisis profunda
en el cristianismo tradicional. Algunas formas en las que el cristianismo
expresó, en tiempos constantinianos, su voluntad de ser comunidad
alternativa, se han visto duramente sacudidas. Es el caso del monacato
y, en general, de la vida religiosa. Sin embargo, posiblemente estas
sacudidas no son más que la contrapartida de una gran oportunidad
histórica. En nuestro tiempo, ser cristiano está dejando de ser una
determinación cultural o sociológica para convertirse en la adopción
consciente, por la gracia de Dios, de una forma de vida distinta.
Es lo que comienza a expresarse en los nuevos movimientos eclesiales
y en las iglesias libres, pese a todas sus ambigüedades.
La esperanza, para el cristianismo del siglo XXI, quedaría formulada
entonces de esta manera. Durante el siglo que ahora termina, los cristianos
se han ido haciendo progresivamente conscientes de sus obligaciones
respecto a los pobres. Ante los millones de pobres que genera el sistema
económico vigente, las iglesias han oído la voz de Cristo que nos
indica: ``dadles vosotros de comer'' (Mc 6,37). Durante estos
últimos decenios, los cristianos nos hemos preguntado, como los discípulos,
de qué maneras concretas podemos conseguir pan para dar de comer a
las multitudes (Mc 6,37). Posiblemente, el siglo XXI sea el tiempo
en que tenemos que escuchar la voz del Señor que nos pregunta, a nosotros
mismos, cuántos panes tenemos para compartir. Solamente así surge
desde ahora y desde abajo una sociedad alternativa en la que no se
reproducen las estructuras del sistema. Una sociedad en la que la
esperanza es ya una realidad.
- 1
-
Una primera versión de este trabajo se presentó en el coloquio sobre
``Humanismo cristiano'' que tuvo lugar en la Universidad Iberoamericana
de México, en noviembre de 2000.
- 2
- Cf. I. Ellacuría, ``La teología como momento ideológico de la praxis
eclesial'', Estudios eclesiásticos 53 (1978) 457-476.
- 3
- Cf. X. Pikaza, Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños
(Mt 25,31-46), Salamanca, 1984, pp. 300-302.
- 4
- Cf. N. Lohfink, La opción por los pobres, México, 1998, pp.
68-72.
- 5
- Esta última opinión es la de W. Trilling, El verdadero Israel.
La teología de Mateo, Madrid, 1974, pp. 37-39.
- 6
- Cf. J.-V., Ingelaere, ``La 'parabole' du jugement dernier (Matthieu
25/31-46)'', en la Revue d'Histoire et de Philosophie Religieuses
50 (1970) 23-60.
- 7
- Cf. J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella, 1997, p.
233.
- 8
- Puede verse un buen libro reciente de W. Cesar y R. Shaull sobre Pentecostalismo
e futuro das igrejas cristâs, Petrópolis, 1999. Mi recensión del
mismo se encuentra en www.geocities.com/teologialatina/.
- 9
- Una visión general del significa de la ``opción por los pobres''
en la teología de la liberación puede verse en G. Gutiérrez, ``Pobres
y opción fundamental'', en I. Ellacuría y J. Sobrino, Mysterium
liberationis, Madrid, 1990, vol. I, pp. 303-322. Sobre el problema
eclesial católico puede verse J. M. Castillo, Escuchar lo que
dicen los pobres a la iglesia, Barcelona, 1999.
- 10
- Cf. Antonio González, Teología de la praxis evangélica, Santander,
1999, pp. 273-327.
- 11
- Pueden verse referencias concretas en Antonio González, Teología
de la praxis evangélica, op. cit., pp. 127-173. Frente a la consideración
generalizante de las religiones como ``esfuerzos humanos
por llegar a Dios al margen de la fe'' (Kraemer) o como ``caminos
de salvación queridos por Dios'' (Dupuis), creo que la teología cristiana
requiere un análisis interno de cada una de ellas, para ver en qué
sentido cada una de las religiones, en cada uno de sus complejos momentos,
es salvífica u opresora. El diálogo religioso tiene que hacer justicia
a la enorme pluralidad de las religiones.
- 12
- Algo semejante observa J. Moltmann en sus Experiences in Theology.
Ways and Forms of Christian Theology, London, 2000, p. 237.
- 13
- Cf. E. Lohse, Introducción al Nuevo Testamento, Madrid, 1975,
pp. 150-158.
- 14
- Cf. E. W. Stegemann y W. Stegemann, Urchristliche Sozialgeschichte.
Die Anfänge im Judentum und die Christusgemeinden in der mediterranen
Welt, Stuttgart, 1995. Se apoyan en la opinión de M. D. Goulder,
Midrash and Lection in Matthew, Londres, 1974; Künzel, Studien
zum Gemeindeverständnis des Mattäusevangeliums, Stuttgart, 1978,
p. 251; F. W. Beare, The Gospel According to Matthew. A Commentary,
Nueva York, 1982; J. A. Overman, Matthew's Gospel and Formative
Judaism. The Social World of the Matthean Community, Minneápolis,
1990
- 15
- Cf. para doûlos: Mt 8,9; 10,24s; 13,27s; 18,23.26-28.32; 20,27;
21,34ss; 24,45ss; 25,14.19.21.23.30; 26.51. Para paîs: Mt 8,6.8.13;
12,18; 14,2; 17,18.
- 16
- Cf. E. W. Stegemann y W. Stegemann, Urchristliche Sozialgeschichte,
op. cit., pp. 198-204. Sobre la nueva posición de la exégesis
en cuanto a la extracción popular del cristianismo primitivo puede
verse también B. Holmberg, Historia social del cristianismo
primitivo. La sociología y el Nuevo Testamento, Córdoba, 1995.
- 17
- Cf. Mt 1,22-23; 2,15; 2,17-18; 2,23; 4,14-16; 8,17; 12,17-21; 13,35;
21,4-5; 27,9-10.
- 18
- El término georgós puede significar, más que ``labrador''
en general, el arrendatario de un terreno.
- 19
- Sobre el trasfondo teológico que se puede esconder tras la idea de
una apropiación de los frutos, puede verse mi comentario del pecado
de Adán en la Teología de la praxis evangélica, op. cit.,
pp. 184-199.
- 20
- Cf. W. Trilling, El verdadero Israel, op. cit., pp. 75-91.
- 21
- Cf. el comentario de Juan Mateos al Nuevo Testamento (J. Mateos
y L. Alonso Schökel), Madrid, 1987, p. 52.
- 22
- Como es sabido, una etimología posible ``hebreo'' es la de happiru,
un término utilizado en Egipto para designar a los habitantes de la
periferia del imperio, ocasionalmente sometidos a servidumbre. Por
eso conserva en muchos textos un sentido sociológico despectivo, cf.
Gn 39.14.17; 41,12; 43,32.
- 23
- Cf. Mc 6,30-44; Lc 9,10-17; Jn 6,1-4. En el evangelio de Marcos, que
sirve de fuente a Mateo, aparece una segunda multiplicación de los
panes (Mc 8,1-10), que refleja la situación del cristianismo en tiempo
de Marcos, cuando las comunidades judeocristianas y gentiles estaban
todavía separadas. Aunque Mt ya no conoce esa separación, reproduce
también la segunda narración de Marcos (Mt 15,32-39), la cual ya no
aparece ni en Lucas ni en Juan.
- 24
- Cf. E. W. Stegemann y W. Stegemann, Urchristliche Sozialgeschichte,
op. cit., p. 202.
- 25
- Aunque el texto de Mateo está situado en un contexto escatológico,
la distinción entre el céntuplo que se recibe por lo que se ha dejado
y ``la vida eterna'' indica que Mateo probablemente sigue pensado,
como claramente hace Marcos (Mc 10,29-30), en una transformación que
tiene lugar ya en esta vida.
- 26
- Cf. E. W. Stegemann y W. Stegemann, Urchristliche Sozialgeschichte,
op. cit., pp. 196-204.
- 27
- Puede verse Leif Vaage, ``Jesús-economista en el Evangelio de Mateo'',
Revista de interpretación bíblica latinoamericana 27 (1997)
112-129.
- 28
- O, al menos, una ``paradoja'', como suelen decir los comentaristas.
P. Bonnard, en Evangelio según San Mateo, Madrid, 1976, habla
de una ``dicha paradójica'' (p. 90).
- 29
- Se ha cuestionado el carácter ``final'' de este juicio, en cuanto
que no alude a la resurrección, y por tanto se puede referir más bien
a un juicio que va teniendo lugar en la historia, cf. J. Mateos -
F. Camacho, El Hijo del Hombre. Hacia la plenitud humana, Córdoba,
1995, p. 151. Sin embargo, los paralelos con ciertas imágenes de la
apocalíptica judía sí sugieren que se trata de un juicio final, cf.
A. Lasker, ``Mateo'', en el Comentario bíblico internacional,
Estella, 1999, pp. 1139-1210, concretamente en la p. 1201.
- 30
- Cf. Mt 6,32; 10.5.18; 12,18.21; 20,19.25; 24,7.9.14; 28,19.
- 31
- Cf. Mt 6,2.5.16; 15,7; 22,18; 23-13-29.
- 32
- En el cristianismo primitivo se seguía exigiendo a los ricos la renuncia
a las riquezas para poder pertenecer verdaderamente a la iglesia cristiana,
cf. Cipriano, De opere et eleemosynis, 15.
- 33
- Cf. Mt 1,2.11; 4,18.21; 10,2.21; 12,46-47; 13,56; 14,3; 17,1; 19,29;
20,24; 22,24s. Prescindimos aquí de la polémica sobre si los hermanos
de Jesús eran en realidad otro tipo de parientes. En cualquier caso,
se trataría de relaciones naturales de parentesco o vecindad.
- 34
- Cf. Mt 5,22-24.47; 7,3-5; 12,48-50; 18,15.21.35; 23,8.
- 35
- Elákhistos es el superlativo de mikrós, por más que
provenga de una palabra antigua (elakhýs) que significaba también
``pequeño''. Mikróteron es el comparativo, utilizado con
frecuencia con sentido superlativo.
- 36
- Cf. H. B. Sharman, The Teaching of Jesus about the Future according
to the Synoptic Gospels, Chicago, 1909; T. W. Manson, The Sayings
of Jesus, London, 1949, pp. 249-251; J.-V., Ingelaere, ``La 'parabole'
du jugement dernier (Matthieu 25/31-46)'', en la Revue d'Histoire
et de Philosophie Religieuses 50 (1970) 23-60. G. E. Ladd, A
Theology of the New Testament, Grand Rapids, 1974, pp. 118-119; J.
R. Michels, ``Apostolic Hardship and Righteous Gentiles: A Study
of Matthew 25,31-46'', JBL 84 (1965) 27-37; W. D. Davies,
The Setting of the Sermon on the Mount, Cambridge, 1964, p.
98.
- 37
- Sobre la ampliación posible del sentido de los ``hermanos de Jesús'',
desde los discípulos a todos los necesitados, puede verse J. Mateos
- F. Camacho, El Evangelio de Mateo. Lectura comentada, Madrid,
1981, pp. 244-245. También A. Lasker, ``Mateo'', en el Comentario
bíblico internacional, Estella, 1999, pp. 1139-1210, concretamente
p. 1201.
- 38
- Cf. X. Pikaza, Hermanos de Jesús, op. cit., pp. 304-305.
- 39
- Cf. Antonio González, Estructuras de la praxis. Ensayo de una
filosofía primera, Madrid, 1997.
- 40
- Cf. Mt 1,19; 5,45; 9,3; 13,17.43.49; 23,28.29.35.
- 41
- Agradezco una sugerencia en este sentido de la Dra. Bárbara Andrade.
- 42
- Cf. J. Driver, La fe en la periferia de la historia. Una historia
del pueblo cristiano desde la perspectiva de los movimientos de restauración
y reforma radical, Guatemala, 1997.
This document was translated from LATEX by
HEVEA.